El otro día andaba yo en un taxi por la mañana, algo sobado, camino del palacio de congresos para entrevistarme con alguien. El taxista, un hombre de unos cincuenta años, pelo completamente blanco, la clásica camisa de rayas y pantalones de pinzas, era la viva imagen del estereotipo de taxista sevillano. Nada de particular, por otra parte, ya que los taxistas en Sevilla son una tribu urbana en la que se parecen mucho los unos a los otros.
El buen señor tenía la radio puesta – otro must de la profesión – desde donde un locutor hablaba pastosamente como sólo un locutor de Radio 3 puede hacerlo. Sonaba una suave melodía mientras que hablaba de esta edición del Sónar, que en estos días se celebra. El locutor hablaba de fusiones electrónicas con músicas latinas cuando se calló y dejó que el tema sonara con más fuerza. El taxista entonces empezó a dar golpecitos acompasados en el volante mientras que la melodía sonaba. Yo apoyé la cabeza en el cristal, aún un poco dormido, y me dije que cuánto habían cambiado las cosas en unos años.
Recordaba aquel taxista de Mujeres al borde de un ataque de nervios, la viva imagen del hortera-tecno-rumboso, con el pelo peroxidado y multitud de gadgets en el auto: kleenex, revistas y, por supuesto, el mini santuario que nunca puede faltar. En Sevilla los taxistas nunca han sido tecno-rumbosos y mucho menos peroxidados, pero en imagenería no hay quien les gane. La placa “Yo conduzco, ella me guía” acompañada de la efigie de la Virgen del Rocío es un clásico en la flota de taxis hispalense. Pero parece que las cosas, también en los taxis de mi ciudad van cambiando. Los conductores se están aficionando a la electrónica más ecléctica, esa que suena en el Sonar de día y en Fluido Rosa en Radio 3.
El tema fue perdiendo volumen mientras terminaba y el taxista me preguntó que por qué camino quería que me llevara, a lo que yo le respondí que por el que quisiera (no sé ni por qué preguntan, cuando al final hacen lo que les da la real gana). El locutor pastoso se metió en nuestra conversación para dar paso al siguiente tema, con su respectiva exposición estilística. El taxista y yo parecíamos esperar ansiosamente la siguiente canción. Me estaba empezando a gustar el rollo taxi en Sevilla. El tema sonó, bueno, sólo comenzó a sonar. El ritmo pasó de ser pausado a vigoroso. Yo comencé a taconear con los pies casi emocionado por el temazo que me esperaba, cuando la mano del conductor canoso salió disparada del volante a la radio y con un fulminante toque de la yema de su dedo índice cambió de emisora. Sonaba rabiosamente el Friends will be friends de Queen y a mi me vino a la memoria el anuncio de una cerveza con el mismo jingle. El taxista se recostó confortablemente en el asiento y metió la cuanta. Definitivamente hay cosas que no cambian tan deprisa.