31 de julio de 2006

Los cazadores no deberían bajar nunca la guardia, porque en cualquier momento pueden llegar a ser cazados.

25 de julio de 2006

El poder es rosa

Este fin de semana he estado en Portugal, concretamente en Carrapateira, un pueblo precioso que se esconde detrás de un nada sugerente nombre. Igual que cuando voy a Punta Umbría (Huelva) me llevo cualquier cosa de ropa, cuando uno va a Carrapateira se llava uno los modelos. Porque yo no habré tocado una tabla de surf en mi vida, pero el pego de surfero lo doy. Pero esa es otra historia que otro día contaré.

El caso es que después de tanto cambio de modelito, llegué a Sevilla con la maleta (que no mochila, porque en una mochila sólo caben tres trapos, y yo necesito muchos más que tres) llena de ropa sucia. Cuando he vuelto de trabajar al mediodía he puesto una lavadora con los restos del fin de semana y me he tumbado, literalmente a la bartola, con las únicas preocupaciones en mi vida que las de llevar a mis colegas Martita y Mariano al aeropuerto a México e ir al gimnasio después.

Al volver del aeropuerto me he dispuesto, tranquilamente, a ver las fotos del fin de semana para elegir las mejores, escuchar algo de música (estoy enganchado a los gabachos Phoenix y Zoot Woman) y tender la lavadora. Empecé a sacar la ropa y me fijé en el forro de los pantalones Pepe Jeans de mil rayas que me compré en un arrebato consumista esta primavera. Son unos pantalones muy graciosos porque, aunque son de vestir, van bien con una camiseta y unas chanclas, y tienen el forro de los bolsillos de rayitas rosas. El forro. Pero no las rayas del pantalón, que deberían de ser azules y blancas. Más extrañado cuando saqué la camiseta de Berskha, muy apañada y graciosa, que tiene serigrafiado un gran elefante y la pícara leyenda “horny” en amarillo, sobre un fondo que en vez de blanco a mí se me apetecía carmesí. Dios mío. Los calzoncillos Calvin Klein que me los he puesto tres veces mal contadas seguían negros como los dejé, aunque la cinturilla tenía un aspecto rosado nada favorecedor. Después salieron las estrellas de la temporada casi intactas. Menos mal que los surferos son gente prevenida y hace los bañadores de materiales impermeables. Gracias a su astucia se salvaron los bañadores Quicksilver y Billabong…aunque los cordones del último estaban de un rosado nada masculino. Saqué también una camiseta sin mangas Jack & Jones roja de baloncesto roja con las letras y los filos de las mangas….rosa. Tú no has podido ser, condenada, que te tengo más que lavada.

Y, finalmente, salió de su escondite el culpable. Unos pantalones tailandeses que le compré a una hippie el año pasado en Zahara de los Atunes de un rojo insultante, estridente, que casi de manera impertinente parecían estar chillando desde el fondo del bombo: ¡Sí, he sido yo!, ¿qué pasa? Pánico momentáneo. No puede ser. Una cosa es perder alguna prenda que te gusta, pero ¿tantas y a la vez? Como siempre, acudí a alguna de las mujeres de mi familia en busca del saber ancestral. Mi hermana me dijo que comprara esa lejía que no es lejía, que es un bote rosa. Claro, rosa, como toda mi ropa. El poder es rosa, dice el anuncio. Como un desgraciado al que se le llevan los demonios bajé al supermercado y compré esperanzado el producto, puse la ropa en remojo con una buena dosis del remedio milagroso diluida en el agua y, para rematar, puse una lavadora con agua caliente y una nueva dosis del poder rosa.

Cuando subí gimnasio abrí la lavadora esperando presenciar algún tipo de revelación, la transmutación del rosa en blanco, o algo así. Y no ha sido así del todo. Los pantalones tienen un pase. Los filos de la camiseta veremos cómo se ven cuando se sequen. La ropa interior podemos considerarla salvada. Pero la camiseta, la camiseta tiene un tonito que va gritando que no se puede mezclar la ropa de clases sociales diferentes.

18 de julio de 2006

El gusto por el camping

El fin de semana pasado estuve de camping. En Zahara de los Atunes (Cádiz). No es que a mi eso de ir de camping me fascine, pero a la postre parece una solución rápida, barata y sin complicaciones para pasar un fin de semana con los amigos. Craso error, amigos.

La primera vez que fui de camping fue hace tres años, con unos amigos a Almería. Me pareció una experiencia cuasi religiosa eso de montar una tienda de campaña. Y que las tiendas no fueran como las de los Jóvenes Castores. Está claro que ahora, con Decathlon y las tiendas Quechua, todo ha cambiado. Y no lo digo por las tiendas 2 seconds, que tienes que ir cargando cual tortuga ninja, sino por todo el tema este de varillas que se estiran y se encogen y telas que se dobla y que al final (de una manera mágica a la vez que imposible) terminan metidas en una bolsa.

Pero no me quiero desviar del tema. El caso es que entrar en un camping es como entrar en una pequeña ciudad, con sus casas y sus normas. La parte donde se colocan las autocaravanas suele coincidir con las urbanizaciones de lujo. Allí no falta de nada. Las familias despliegan la artillería pesada delante del porche de su vehículo. Mesas, sillas, cocinas enteras, frigoríficos gigantescos, televisores (¿quién quiere ver la tele en un camping?),… La zona de tiendas es más parecido a los barrios populares. Tiendas montadas con más o menos fortuna, neveritas en las que no falta bebida fría, radiocas sonando a todo meter… Los baños, por su parte, corresponder para desgracia de todos, a los barrios marginales.

El caso es que, cuando volvimos por la noche, después de estar todo el día en la playa, para ducharnos y arreglarnos, resulta que no había agua. No hay problema. Después de estar todo el día bebiendo cerveza en la playa y con el espíritu alegre, nos echamos encima un poco de aceite de almendras para ver si junto con la sal nos daba un nuevo brillo en la piel y nos arreglamos como pudimos. La vuelta, a altas horas de la noche, fue en mi caso un poco accidentada. La borrachera me hizo, no sólo despertar a mis compañeros, que se partían de la risa al ver cómo intentaba lavarme los dientes (ya había agua), sino probablemente a gran parte del camping.

A la mañana siguiente, a eso de las nueve tenía un clavo taladrándome la cabeza. Nos levantamos como pudimos, recogimos, pagamos (10€ cada uno por la noche de acampada) y después de desayunar, me tomé una cerveza, porque dicen que es ideal para la resaca.

Y yo me pregunto: si te vas de camping para pagar poco y tener donde ducharte, se puede saber qué gilipillez hemos estado haciendo cuando: 1. No había agua 2. Por un poco más pagas una pensión 3. La luz la encienden a las nueve de la mañana. Después de ver cómo se lo monta la gente de los camping, he llegado a la conclusión de que que va lo hace movido por algún extraño vicio al cual aún no me he enganchado….

5 de julio de 2006

Cruel summer

Últimamente las cosas me van regular. En realidad tampoco es que esté mal, pero en comparación con lo bien que he pasado el invierno, la recta final hacia las vacaciones parece que se hace imposible. Como dice el anuncio, los últimos kilómetros, los más duros. Y es que es verdad que ahora es cuando empiezan los calambres y crees que los músculos no te van a responder.
Parece que todo se ha acumulado en un solo momento: no aguanto a mis jefes, no puedo con mis padres, no tengo nada que ponerme…

Seguramente todo tiene mucho que ver con la subida
del termómetro, que hace que te apetezca hacer cualquier cosa menos trabajar. El trabajo, en mi caso, se vuelve mucho más exigente en estas fechas, que es cuando el trabajo de todo el año ha de estar listo, preparado, impoluto.
Desde luego, el verano puede llegar a ser muy cruel, aunque no he sido yo el primero en decirlo, ni mucho menos.

Para rematar, la música me acompaña en mi agonía estival. No, no se trata ni de Ace of Base ni Bananarama. Sólo un poco de elegante decadencia francesa.