29 de agosto de 2006

Estampas de verano: de padres a hijos

Muchas veces me he preguntado a dónde va nuestra generación. Si la anterior, a la que muchos se empeñaron en llamar Generación X se caracterizaba por ser pesimista y escuchar música grunge, una parte de los treinta-cuarenteañeros de ahora nos creemos el ombligo del mundo y que lo mejor que podemos hacer es disfrutar el aquí y el ahora. Morder la galleta con fuerza y sacarle la crema. Mucho mejor si es en una discoteca, chiringuito o similar. Lo que pasa, como ya ha escrito Bosco Herranz en alguna ocasión, es que nuestro egoísmo nos llevará a un futuro sin niños. Seremos una pandilla de carcas fiesteros desdentados sin jóvenes nietos a los que enseñar antiguos vicios. Pero aquellos que no han podido resistir la llamada de la madre naturaleza, el reloj biológico, ese miedo a que el arroz se pase, parece que han encontrado una buena manera de aleccionar a los pequeños desde el principio en esto de pasarlo bien por la vida. Juzgen ustedes mismos.

Estampas de verano: Todos estamos en el mercado


La costa gaditana ha sido conocida desde hace tiempo como lugar de peregrinación de aquellos que buscan paz, sosiego y el reencuentro con la naturaleza y la esencia hippie que parece que los urbanitas hemos hecho borrar de la faz de la Tierra con nuestra voracidad consumista. La playa de El Palmar (Vejer de la Frontera, Cádiz) es un buen ejemplo de ello. Gente joven con ganas de guasa y mojitos en el Aborigena, el chiringuito de moda. Mercadillo de artesanía donde te puedes pertrechar de las últimas tendencias en la estética braguisuci en ellas o de piojos bien puestos, para ellos. Consiste en parecer un poco desarrapado, lo justo para tener un toque de desenfadado desaliño y suciedad. Claro que todo tiene un precio, el que señala el mercado.

Lo que comenzó siendo un lugar de encuentro espontáneo de la gente que acudía a El Palmar, va camino de convertirse en el dormitorio de Europa (sic), como escuché por la radio al alcalde de Barbate en referencia a toda la gente que se queda a dormir, o más bien dormitar, en la playa. Aunque la verdad es que se parece más a un parque temático. Gafas grandes, muchos tatuajes. Y collares de semillas, de Brasil, de la Amazonia, de algún lugar muy exótico y superalternativo. También rastas, pantalones thai, y mucho buen rollo. Es fácil caer en el embrujo de El Palmar, todos parecemos que somos una especie de elegidos que por fin estamos aquí, donde hay que estar. Ya llegará el largo invierno, las ojeras y las pieles de un blanco cetrino. Pero el buen rollo se remina cuando llega la hora de pagar, claro. Los mojitos, seis euros, hechos con Sprite (aunque agitado éste de una manera muy teatral en la barra). Los abalorios varios, según el tenderete al que se acuda, es posible encontrar notables diferencias de precio. Todos altos, por cierto. Pero todo muy alternativo, muy underground, muy enrollado. Los amables y alternativos comerciantes que te hablan con dulce acento de ultramar, que parecían no tener nada que ver con los ejecutivos que buscan maximizar la cuenta de resultados y diseñan enrevesadas campañas de marketing para cazar a los incautos consumidores, realmente han comprendido el mecanismo de funcionamiento del mercado. Hay que coger dinero de día para financiar las fiestas de la noche.

También te puedes llevar un recuerdo a casa, como una pintura hecha a base de materiales reciclados, como las que vendía un buen señor en Zahara de los Atunes. Él sí que ha sabido explorar el mercado. A pesar de dormir en un colchón al lado del chiringuito que se intuye a la derecha de la foto, todos los días comía en el mismo chiringuito, a mantel puesto. Claro, que le cobraba a los despistados madrileños que recalan por esta playa la friolera de 230 € por el cuadro de reverso blanco, en la parte más alta del primer caballete. Se trata de una suerte de tabla de madera en la que el el artísta había plasmado un cúmulo de puntos y rayas (muy bellos por cierto), que pretendían representar La Ciudad Interior. Sin comentarios.

Aunque a veces no nos demos cuenta, casi todo tiene un precio. El que la gente está dispuesta a pagar. Así es el mercado.

17 de agosto de 2006

Family overdose


La familia es un ente extraño. Martita diría que causa placer y displacer. Yo, directamente pienso que es como una droga a la que siempre se termina recurriendo.
En estos benditos días de vacaciones que -gracias a Dios- aún no han terminado, siempre hay un momento para volver a caer en sus brazos. Si durante el resto del año sólo consumo de mi familia como mucho una vez por semana, en vacaciones paso más tiempo con esta adicción.

Me explicaré con algo de más claridad. Yo, como muchas personas en este planeta, no tengo una, digamos, fluida relación con mi familia. No es que me lleve mal con ellos, pero podría decirse que yo me he distanciado de ellos desde mi adolescencia. Pese a todo, quiero mucho a mis padres y a mi hermana. Pero de lejos.

Después de volver de Creamfields, exhausto y con déficit neuronal, reconozco que no había plan que me apeteciera más. Unos días en el chalet familar, con comida casera en abundancia servida por delante, la playa a dos pasos, tranquilidad a raudales. Cuando llegué me di cuenta, una vez más, que había caído de nuevo en el engaño de la amable vida familiar. Mi hermana enfadada con mi cuñado. Mis dos sobrinos chillando por toda la casa. Mis padres igual que siempre.

Pequeñas dosis de familia te hacen ver cómo podría ser una sobredosis. En un par de días me ha dado tiempo a tener una seria conversación con mi padre, de esas de te-voy-a-reprochar-todo-lo-que-recuerde-desde-que-nos-conocemos, me refiero a ese tipo de charlas en las que los argumentos giran en torno a los temas no-sé-qué-quieres-si-no-te-falta-de-nada y como-no-me-siento-comprendido-por-eso-nunca-paso-por-aquí. Lo sé. Y sólo en dos días. En cierto modo tiene su lógica, si no se está junto mucho tiempo, no se puede discutir. Pero no por eso deja de ser deprimente.

El caso es que ya he vuelto a Sevilla, aunque posiblemente vuelva a la playa a por más de mi droga particular. Por lo menos me queda medio mes de vacaciones, que no es poco. Después de la familia, llega lo más esperado del verano. La semana en Vejer.

14 de agosto de 2006

Así fue Creamfields

Todo comenzó con una llamada de teléfono. ¿Te vienes al Creamfieds en Almería? Te recogemos en Sevilla, hemos pillado una habitación para el día siguiente a partir de las doce de la mañana y te devolvemos a casa sano y salvo. No podía resistirme, está claro. Esto es lo que ocurrió el sábado cuando llegamos a la playa de Villaricos, en algún lugar de Almería.
15:00h Llegamos a Creamfieds. Joder qué de gente y esto aún no ha empezado. Se supone se seremos 40.000 personas. ¿Cuántas personas son 40.000 personas? Seguro que muchas. Comemos en un chiringuito después de mucho esperar. Aunque parezca mentira me encuentro a tres colegas, cuyos nombres no puedo reproducir porque estoy seguro que uno venía de estrangis. La mini playa está llena de tiendas de campaña donde parece ser que la fiesta ha comenzado hace horas. Si esto es así ahora, ¿qué será de nosotros?
18:00 Entrada triunfal. Aunque dicen que entrar los primeros es de catetos, en un macrofestival puede llegar a ser un triunfo. Vemos la inmensidad que nos precede. Dos escenarios -Pepsi y San Miguel-, una gran carpa -LO.LI.TA Tent- y un escenario al aire libre -Speed Open Air-, muy apropiado el nombre. Hacemos acopio de tickets de bebidas (¿Dios mío, voy a beber tanto?) y nos plantamos en el escenario Pepsi a escuchar a un tal D.A.R.Y.L., que termina por encantarnos a todos.
21:30 Haciendo tiempo. Vemos algo de Buenavista en el escenario San Miguel, que también nos deleita, y vamos a la zona de comidas porque, sorprendentemente, hay gente que quiere comer algo. Mala elección. Perritos calientes y pizza tiesos como ripios. Le doy un bocado a un trozo de pizza porque no sabemos cuando volveremos a comer, esto dura tanto... Me fijo en el personal. El uniforme parece claro. Ellas llevan falda o bermudas y top o bikini. A los chicos parece que se les ha prohibido el uso de cualquier tipo de indumentaria de cintura para arriba. Y tatuajes, muchos tatuajes. El rasurado de pecho gana enteros. La proporción hombre/mujer es del 60%/40% llegando en momentos al 70%/30%. Nadie parece quejarse por ello.
21:30 Speed Open Air. Cuando todo empieza a volverse extrañamente agradable y no hay mejor sitio donde estar que en Creamfieds avanzamos en el recinto hasta el impresionante escenario al aire libre. Ricardo Villalobos se monta a los platos. Parece que este tío lleva al club de fans. He de reconocer que bailamos como descosidos el minimal que pincha. Aunque al final, sinceramente, la pista parecía la consulta de un dentista en la que están haciendo empastes. ¡Qué sonidos los del minimal!
23:45 Pet Shop Boys. Los chicos de la tienda de animales nos hacen esperar un rato. ¿Pero estos vienen a pinchar o a cantar? Creo que cantan. ¡Mira cómo se mueve con la edad que tiene!Te estás fijando en un bailarín. Es lo que tiene ir sin gafas por la vida. Nos gustan los Pet Shop Boys, y además hablan muy bien inglés y se les entiende todo lo que dicen. Veo a alguien comiendo pipas y le pido. Claro, no he cenado y tengo la típica sensación de apetito que invade a la gente en las pistas de baile.
En algún momento entre las dos y las siete de la mañana. Me ocurren muchísimas cosas. Me encuentro con más colegas de Sevilla. ¿Son mis amigos tan fiesteros? Roger Sanchez me pone las pilas aunque parece que sólo nos gusta a dos. Miss Kittin sólo la aguanto yo. Ir al baño y no perderse es una odisea. Todos se quedan si batería y me convierto en la centralita. ¿Era Roger o Reyes Sanchez? ¿Y cuándo pincha I.P.? Ja ja ja. Me encuentro con alguien a quien no veía hace años y hay electricidad en las miradas. ¿Cómo se me han terminado ya los tickets de bebidas? Menos mal que llevamos un pase de prensa y bebemos gratis. Paquetillos por doquier. El grupo se disgrega y se vuelve a unir. Todo es estupendo.
07:00 LO.LI.TA. Tent. Estamos en algo que parece una olla esprés, por el calor, digo. Aguanto un rato porque la música de Tiga es muy buena, pero el cuerpo es el que no aguanta. Me salgo y los que quedan están sentados en corrillos. Voy al coche. La fiesta sigue fuera. Al rato estamos todos y emprendemos el camino de vuelta.
9:30 Despedida. La salida del festival es una larga hilera de coches flanqueada por riadas de gente que, aparentemente no tiene mucho sueño. Yo también me he desvelado. Hago amigos sacando las piernas por la ventanilla del coche. Un encargado se sorprende. ¿Chiquillo, así vas? Tengo que darle la razón. La gente parece muy simpática. ¿Oye, sabéis algún after por aquí?. Ja, ja, ja. Nuestro coche sí que parece un after. ¿Es que no tenéis sueño?¡Iros a vuestra casa ya, coño!, me dedico a decirle a la gente.
10:00 Desayuno. Bien es sabido que es bueno comer después de una noche de fiesta, aunque yo no sigo el consejo. Pero hay quien tiene apetito. Yo sigo con la guasa en un bar de lo más típico. Estamos literalmente recomidos hasta arriba de mierda y desayunando en un bar de turistas, que no parecen haber ido a Creamfieds. Yo prefiero esperar hasta que salgan de la cocina las tapitas calientes, digo yo con sorna. Llegamos al hotel y nos acostamos. Menudo festival.

1 de agosto de 2006

¡B.B.existe!


Sí señores, después de meses de cábalas y conjeturas, he podido conocer en primera persona al gran
B.B. Con él tuve la ocasión de compartir unas copas y muchas enseñanzas de un gran maestro de la vida. Lástima que no estuviera con nosotros Mer para disfrutar de este momento tan entrañable. Adjunto documento gráfico que demuestra el encuentro. Por respeto a ustedes no mostramos nuestros ojos, algo perjudicados. Por cierto, yo soy el del cubata. Sólo alguien como él puede disparar de esa manera un dedo corazón.