31 de octubre de 2006

Con el miedo en el cuerpo

Es lo que tiene el tener amigos artistas, que te sorprenden con obras de arte (gracias por esta perla, Santi). Algún que otro lector o lectora se verá reconocido en las imágenes, correspondientes a 2005. Yo pretendía ser un sexy-zombie, pero por problemas técnicos me quedé en cutre-deshollinador.

30 de octubre de 2006

Insolentes y desenfadados

Este fin de semana ha venido a verme Txemi. Y con él ha llegado el sol a Sevilla, después de diez días de lluvia. Cuando viene un amigo de fuera lo propio es llevalo a la Plaza del Salvador al mediodía a tomar cervezas.




Donde encontrarse con amigas como Nela.











Y comentar lo insolente...





...y desenfadada que es la juventud hoy en día...
Hasta que se hace tan tarde que sólo te dan de comer en los bares de los guiris.

27 de octubre de 2006

Grotesco ensayo general

Hace cosa de un mes que mantengo el teléfono encendido día y noche. Hasta antesdeayer, cuando por fin recibí la llamada. Saulo, tu abuela ha muerto ya me dijo mi padre. Entonces es cuando comenzó toda esta historia. No trata del dolor por la pérdida de un ser querido o del vacío en nuestras vidas cuando alguien a quien quieres se va. Es sobre el cariño y la responsabilidad, dos conceptos que no siempre van cogidos de la mano.

Mi abuela ha muerto a la edad de 103, un puñado de años nada despreciables para un homo sapiens de a pié. Hace años que se venía quejando de lo aburrida que estaba y de las ganas que tenía de morirse. No me extraña absolutamente nada, debe de ser un incordio ver que todo el mundo a tu alrededor es un niñato, en comparación con tu edad. Mi contacto con ella era escaso. Como el resto de la familia de mi madre, vivía en Huelva. Le tenía el cariño que se tiene a una abuela que vez muy de vez en cuando, que vive en otra ciudad, con parte de tu familia, a la que ves también bien poco. Por eso, no va este post del sentimiento de tristeza.

Morirse es un fastidio. Para todos, menos para el que se muere, que ya ni siente ni padece. Un fastidio de responsabilidades. Después de la llamada, inmediatamente se puso en marcha mi engranaje personal de responsabilidades, esa desagradable sensación de hacer cosas que no quieres hacer pero que, sin embargo, estás de algún modo obligado. Puse pies en polvorosa del trabajo con una escueta excusa a mi amigo y jefe. Juan me marcho que se ha muerto mi abuela y tengo que llevar a mi madre a Huelva. Recogí a mi madre y llegando a casa de mi abuela le pedí que no obligarme a dar una vuelta de tuerca más a la rueda de la responsabilidad. Mamá no me hagas entrar en casa de abuela para verle la cara a la sargento de la tía Alicia. Volví a Sevilla, y por la noche fui a casa de mis padres, a relevar a mi hermana en el cuidado de mi padre. Ella también estaba dando vueltas en su propia rueda.

Antes de dormir me dio tiempo a pensar cómo sería el día siguiente. Me veía rodando cual hammster enloquecido en mi rueda personal. Tenía que vestirme de luto, ir a Huelva, asistir a una misa en el tanatorio, ir al entierro. Ninguna de las cosas me apetecía hacerlas. Todo por no fallar en ninguno de los escalones de la rueda. Porque mi madre me había dicho que le gustaría que lo hiciese. El cariño hacia mi abuela me hubiese hecho querer ir, pero a mi abuela, objetivamente, le importaba poco que fuese o no. Por el resto de la familia, sinceramente, no sentía apego como para ir. Pero hacia mi madre (con o sin aprecio) había de ser responsable.

Por la mañana me desperté a la hora de siempre, con el ceño fruncido pensando en lo que me esperaba. Me afeité sin que me tocara hacerlo, me puse unos pantalones negros, cambié los cordones rosa de los zapatos, me terminé de arreglar. Saulo, no me encuentro bien, no he pasado buena noche me dijo mi padre cuando me vio. Finalmente me he quedado en Sevilla, cumpliendo también con la responsabilidad de cuidar a mi padre. Mi madre enterró a la suya con su familia en Huelva en algo que, a fin de cuentas, no me hubiese venido nada de mal presenciar. Todos deberíamos vivirlo de cerca como si de un grotesco ensayo general se tratara. Porque, al final, a los hijos nos tocará enterrar a nuestros padres. Y no viceversa.

23 de octubre de 2006

Mi colada


Aunque llevamos una semana de lluvia y cielo gris, ¿quién dice que colgar la colada no puede llegar a ser un ejercicio lleno de color y alegría?

19 de octubre de 2006

Sigo sin aburrirme

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Soy de Newcastle, en el norte de Inglaterra. Antes íbamos a muchas fiestas, donde todos nos poníamos guapos. En la invitación de una fiesta ponía una cita: "Ella nunca estaba aburrida porque nunca era aburrida". La canción es sobre crecer, los ideales que tienes cuando eres joven y cómo se van.


Alguien me ha traído a la mente una vieja canción que me ha recordado viejos tiempos, cuando veía y escuchaba cosas que, sin saberlo, me gustaban. Ahora que soy algo mayor me doy cuenta de cómo todo va encajando, en ocasiones con un poco de dolor. Crecer es a veces como ir a un curandero, que te coloca a golpes los huesos en su sitio. Duele, pero te quedas mejor. Cuando te haces mayor, todo cambia. En mi caso, definitivamente, para mejor. Aunque la canción pueda tener un tono melancólico, nada más lejos de la realidad. La fiesta de verdad, esa que no quisiera que terminara nunca, rodeado de toda la gente a la que quieres, esa en la qe no hay ni un momento para el aburrimiento, ésa está aún por llegar. Estáis todos invitados. Sólo está prohibido aburrirse.

18 de octubre de 2006

Un mes sin lamer

Un mes son treinta días. O treinta y uno. Si tienes suerte, veintiocho días. Pero son muchos, muchos, muchos. No puedo estar tantos días sin tí, sin verme a mi reflejado en tu alevosa mirada. Por favor, hazlo por mi. ¿Qué digo?, ¡hazlo por nosotros! Por tu hermana carnal, por el que aún es un niño, por quien lucha por no morir, por quien demuestra un gran esfuerzo....
¡No nos abandones, Mer!

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¡Aunque baje la marea, que la Mer no se retire!
PS: Ayer por fin nos regalaste algo. Retiro lo dicho, ¡pero no del todo!

16 de octubre de 2006

La novia del surfer

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Este fin de semana he estado con una amiga en Sagres (Portugal). Fue todo improvisado, sin planificación, casi a la aventura. ¿Te vienes este fin de semana a Portugal?¿Por qué no? Es la mejor manera que se me ocurre para quitarme de en medio, así ya nadie (principalmente yo mismo) podrá decirme que ando todo en día en la calle, de bar en bar, con la mala vida. Así que nos marchamos.



También fuimos con el trío más calavera que se pueda imaginar . Nadie como ellos para hablar de mujeres, el olor de las sudamericanas y toallitas íntimas con aroma a vainilla. Todo ello sentados en el maletero del coche mientras daban cuenta de una botella de whisky con el tapón como improvisado vaso de chupitos. ¿Quién habló del síndrome de Peter Pan? Lo que vivimos fue el auténtico síndrome de
Porky's. Y además, sin complejos.


Aproveché para volver a sentir los sabores portugueses, como los de su café, el arroz de marico para dos, que en realidad es para doscientos, el paté de sardinha, el queiso y, sobre todo, los desayunos después de una noche regada con vinagre.



Conocí a dos surfers de verdad que nos llevaron a nuevas playas en las que no habíamos estado aún. Uno de ellos era Ratón, de quien
Martita ya me había hablado. La fama les precedía. Nos enseñaron cosas de eso que llaman surfear, como que te puedes partir la cara con otro surfer por una ola. Es la versión más cool del eso-me-lo-dices-en-la-calle de toda la vida. Cambio apariencia, mismo contenido. Mi amiga y yo, en agradecimiento por sus enseñanzas, les preparamos unos sandwiches mientras que ellos cogían olas, al más puro estilo de abnegadas novias de surfers. Esas novias que esperan en la playa haciendo sudokus a sus respectivos con las caras de mala leche, aburridas y solas.
El Algarve, como siempre, no decepcionó. Tranquilidad en su justa medida, monumentos naturales y sobre dos piernas, autóctonos portugueses mimetizados en californianos, habitaciones de alquiler que huelen a vieja y a alcanfor. Son tantas cosas, que no se pueden contar. Hay que ir y vivirlo. Pero, por favor, no se lo digáis a nadie. Es casi el único sitio auténtico que queda por el sur.

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Ella sonríe mientras que ellos se toman el merecido

descanso del surfero


11 de octubre de 2006

Veredicto: ¡culpables!

He estado investigando. Mis pesquisas me han llevado a averiguar que los mecheros Clipper tienen tendencias asesinas. Me han comentado que si les sacas la piedra, puedes desencadenar un proceso de combustión espontánea en ellos. Me lo ha dicho alguien a quien alguien le contó que le sucedió algo parecido. Otro alguien me ha recomendado que interponga una denuncia a Clipper. Claro, que entonces tendría que explicar qué andaba yo haciendo quitando y poniendo la piedra de un mechero. Más aún, qué hacía yo con un encendedor, cuando hace tres años que no fumo y mi cocina es eléctrica. En resumidas cuentas, viendo que la vía judicial resultaría inoperante, he decidido tomarme la justicia por mi mano. He buscado todos los Clipper que había vacíos por mi casa. Sí, esos que guardas en un cajón con la esperanza de que algún día los rellenarás. Mi casa es bien pequeña, pero he encontrado a unos cuantos subversivos escondidos por los rincones. Les he aplicado directamente la ley marcial. Juicio sumarísimo. Veredicto: culpables. No hay apelación posible. La sentencia: morir arrojados por el balcón. En la imagen, los condenados antes de su triste final (uno cayó al vacío antes de poder quedar inmortalizado en la instantánea). Ya lo dicen, si te mueves, no sales en la foto.

10 de octubre de 2006

I loft you!

El sábado pasado por fin ocurrió. No voy a negar que estaba nervioso. Muy nervioso. Mi fiesta de cumpleaños en el loft. Me explico. Resulta que, por casualidades de la vida (esas que cuando te tocan hacen que te sientas especialmente afortunado), tengo un amigo que tiene un loft. Sí, un loft. Vive en una nave industrial que ha remodelado. Es una estancia diáfana, en la que cuando entras ves una segunda altura a la que se accede por una escalera, donde se encuentran las habitaciones. Pero lo mejor del loft no está arriba sino, precisamente, abajo. El pícaro de mi amigo, es un fiestero con conocimiento de causa. Cuando se construyó su casa pensaría: Mira, si las fiestas me las voy a pegar, mejor me las pego en mi casa. Dicho y hecho. Al final de la interminable tarima se abre una portezuela por la que se accede a lo que podría parecer el sótano. Pero ahí no hay sótano. Lo que hay son una mesa de mezclas, dos bafles gigantes, espejos, luces….lo que viene siendo una discoteca. Con lo que, cuando mi amigo me propuso celebrar mi cumpleaños junto con el de su chica en el loft, las lágrimas casi se me saltan. ¡Sí, quiero!, es lo único que pude decir.

La fiesta fue tremenda. Allí habíamos de todo. Una compañera de trabajo con novio metrosexual todo a cien, amigos de amigos que nunca me habían terminado de ver en mi salsa, colegas que sabían bien a qué venían, madres que habían dejado a sus retoños por unas horas por no perderse el evento, animales de la noche hambrientos de fiesta, una pandilla de gays que arrancó los suspiros de las féminas (y de algún que otro varón)….en definitiva, todo un desfile ecléctico de personajes que iban desde lo más glamouroso a lo más freak. Pero divertido, muy divertido.

Cuando la fiesta llegó a su punto más álgido, yo deseé, igual que el año pasado, cumplir los años siempre así. Una mezcla de excitación, entre natural y artificial se apoderó de mí. Esto es lo que Santa Teresa debía sentir en sus éxtasis místicos, pero sin que nuestro colega Álvaro estuviera pinchando el Forever More de Moloko en los platos, claro.

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El final de la noche fue, cuando menos, sorprendente. Me encontré quitándome literalmente de encima a un amigo. ¿Quieres hacer el favor de dejar de cogerme el culo?, terminé por decirle. Él me miraba con ojos vidriosos, como vacíos de inteligencia. ¡Esto no me puede estar ocurriendo!, pensé. Viendo que el sol se echaba encima, la gente formal se había ido, la que no lo era tanto también y que me veía acosado precisamente por quien se supone que no debería hacerlo, opté por irme. Cogí las bolsas con mis regalos (esta es otra de las ventajas de celebrar tu cumpleaños, los regalos) y enfilé el camino hacia casa. Cuado llegué, me acicalé como pude y paré en el kiosco. ¿Me das un paquete de Chester y El País, por favor?, fue lo que traté de decir. Una especie de graznido de ultratumba fue lo que salió de mi boca. Lo intenté de nuevo, y en esta ocasión sí que salieron las palabras. La kioskera me miró, con ojos entre divertidos y reprobación. Te has pegado la jartá de cantar, ¿no? me dijo mientras me daba la prensa y el tabaco. Eso es lo que tiene saberse las letras de las canciones.

6 de octubre de 2006

Combustión espontánea


Fenómenos paranormales. El gobierno niega todo conocimiento. Así comenzaba Expediente X, la serie en la que los agentes Fox Mulder y Dana Scully lidiaban con fenómenos sobrenaturales. Pero lo que me ocurrió anoche fue real como la vida misma. Ando últimamente con dificultades para conciliar el sueño. Ayer, ya en la cama y dando vueltas a cualquier historia con la esperanza de aburrirme a mi mismo y terminar durmiendome, escuché un sonido extraño en el salón, como el de una televisión con interferencias. Miré hacia la puerta y me pareció que una luz brillaba en el salón. Extrañado, fui a ver qué era.
Cuando llegué, con los ojos algo pegados, no creí lo que allí estaba ocurriendo. Encima de la mesa, cerca de una esquina, el mechero estaba soltando una llamarada brutal, como si fuera un soplete. No sé cómo lo hice, pero me eché encima y lo apagué. Nada se quemó, excepto mis gafas . Me quedé sentado, embobado, sin comprender. Inmediatamente me puse a hacer fotos. ¿Qué coño ha pasado aquí?
Comencé intentando darle al asunto una explicación lógica. Bien, racionalmente sabemos que el fuego es un proceso químico de oxidación, que genera luz y calor y en el que, necesariamente, deben intervenir tres elementos, que forman el llamado "triángulo del fuego". El comburente, que es la mezcla de gases en cuyo seno se produce la combustión, que usualmente es el aire, con alta proporción de oxígeno. El combustible, que en combinación con el comburente y una cierta energía es capaz de arder, que en este caso sería el gas del mechero. Y la energía de activación. ¿Dónde está?¡¿Quién ha encendido el mechero?!¡¿Cómo saltó la chispa?!
Viendo que la lógica no me ayudaba, recordé un episodio de la serie en la que uno malo malísimo se dedicaba a hacer que las cosas ardieran, como presas de un proceso de combustión espontánea. Qué miedo. Me fui a la cama convencido de que en cualquier momento las cerillas de una caja que andaban por el salón saldrían de su cajetilla y empezarían a rozarse lascivamente contra la caja hasta prender. O que la cocina se encendería distraídamente para acabar quemando las cortinas. Con estos pensamientos, me costó aún más conciliar el sueño.
Entonces pensé, ¿y si el mechero hubiese estado encima del sofá en vez de encima de la mesa? ¿y si me hubiese quedado dormido en vez de tener insomnio? Por favor, vale que me queme, pero por lo menos después de la fiesta de mi cumpleaños.

3 de octubre de 2006

Cumpliendo años

En unos días me toca cumplir años, y eso hace que uno piense en la edad. No me considero una persona agobiada por el tema, pero es algo a lo que de vez en cuando le doy vueltas. Así que he decidido informarme. Por ejemplo, me he enterado de que las tortugas de Carolina llegan a los 129 años. Será que esa tal Carolina las cuida estupendamente. Pero la cosa no es tan sencilla como ser o no ser una tortuga de Carolina. Uno puede tener muchas edades.

Está la edad cronológica, que es la del carné, la de entrar o no en la discoteca, la de comprar tabaco en la máquina. Pues bien, en unos días cumpliré 32 años. Lo digo sin que me tiemble la voz. Estoy que me salgo. Literalmente que me salgo del pellejo de lo bien que me siento.

Después tenemos la edad biológica, que hace referencia a los cambios físicos y biológicos que se producen en el cuerpo. Esto es muy interesante, porque estos cambios no son sólo los de la pubertad, debidos a la primera explosión hormonal. Estoy convencido de que mi cuerpo ha sufrido misteriosamente una segunda oleada de hormonas. Hace algo de tiempo me empezó a salir barriga y pelos en partes insospechadas de mi cuerpo. Me estaba convirtiendo, literalmente, en Gollum. Supongo que el concepto se refiere a ese tipo de cambios, ¿no? Ahora, a base de gimnasio y estética estoy en camino de hacer de este un proceso reversible, así que mi edad biológica puede ir hacia arriba o hacia abajo.

La edad social indica el grado de dependencia o independencia del individuo. Uff, esta es algo complicada. Estoy trabajando y soy independiente. Bueno, con trabajos que no me han durado más de un año y medio (por causas ajenas a mi voluntad, que conste). Y con ciertas dependencias paternas, claro. Se supone que en este momento debería tener una hipoteca, pareja estable desde hace años y estar pensando en los niños, como mucha gente de la que me rodeo. La hipoteca, por suerte, no me ha tocado tenerla (esa es una de las partes de la dependencia paterna). Lo de la pareja estoy empezando a darlo por imposible. Los niños, directamente, es que no lo veo. No sé qué edad tengo socialmente…¿poca?

El concepto de edad psicológica es el que más me ha interesado. Dicen los que saben del tema que tu edad psicológica depende de los cambios cognitivos, afectivos y de personalidad a lo largo del ciclo vital. En este apartado podría considerarme unos días como un auténtico adolescente. Otros días me veo maduro. Y en ocasiones, un auténtico niñato. Bueno, un niñato con algo de criterio. Y buena gente, que conste.