Desde que decidí ser profesor me he convencido a mi mismo de que la clave del éxito está en conectar con los alumnos, y que los profesores mayores y que no se adaptan a los chavales de hoy en día deberían de dejar paso a los que venimos con más ilusión.
Durante el poco tiempo que he ejercido me he mostrado de una forma muy natural, no creo que pudiera hacerlo de otra manera. No soy de aquellos que son de una manera en ciertas situaciones y después se cambian la careta. Me parece que es posible ganarse el respeto de los alumnos de otra manera. Eso creía yo hasta ayer. Me parece que he cometido un error de base, pensar que puedo ser el amigo de mis alumnos desde el primer día de clase.
Aunque, en general, las clases me van bastante bien, ayer tuve una algo infernal. No paraba de mandar callar a un grupo de predelincuentes a los que intentaba enseñar que una de las formas de resolver los conflictos es la negociación (cosa difícil). Llegó un punto en el que todos charlaban mientras escribía en la pizarra. Me di media vuelta y dije ¿No queréis dar la clase? Pues haremos ejercicios y los recogeré al final de la hora. . Lo que para mí había resultado un castigo, fue tomado como algo normal entre los chavales, que diligentemente abrieron sus cuadernos y se pusieron a escribir en silencio, sin mostrar ningún tipo de ofuscación. Otra cosa es el resultado de los ejercicios, cuajadito de faltas de ortografía.
El caso es que andaba yo barruntando por la noche, en uno de esos momentos de insomnio, la manera de mantener el orden en clase. Y entonces me llegó la lucidez. Qué gililpollas has sido, la culpa es tuya por haberles dado esas confianzas. Hay que ser tonto para pensar que los niñatos de 16, 17 y 18 años van a entrar en la clase alegremente, se van a sentar de forma ordenada, se callarán y esperarán con impaciencia a que tú, el profesor de economía, entre a descubrirles las verdades de la globalización. ¿Tú lo hiciste alguna vez? No, pero tampoco por ello fuiste un mal alumno. Pero lo cierto es que algo de disciplina y de mano dura,son necesarias, especialmente si eres el sustituto que sólo va a estar un mes y que no va a evaluar a los alumnos.
Caso resuelto. Hoy, cuando he llegado a clase he pasado por la sala de profesores, he firmado la entrada en el centro y he cogido un par de partes de incidencias, por si las moscas. He llegado a clase y he reñido a los que no han llegado a la hora, le he llamado la atención a un alumno por estar recostado sobre la pared y con las piernas de lado. Otro, que hablaba con sus compañeros me ha pedido que repitiera lo último de había dicho. No lo voy a repetir porque estabas hablando con tus compañeros. Pues muchas gracias por no repetir, profesor. Entonces fue cuando llegó el momento, el de tomar esa odiosa actitud de demostración de autoridad, de exigir respeto, de hacer todo eso que siempre me ha parecido que se podía evitar, pero que todos dicen que es inevitable. ¿Cómo te llamas? Le dije, mientras marcaba la casilla “falta al respeto” en el parte que acababa de de sacar de mi carpeta, el parte que mandaría al alumno en cuestión a la sala de expulsados de clase.