31 de enero de 2007

¿Cómo te llamas?


Desde que decidí ser profesor me he convencido a mi mismo de que la clave del éxito está en conectar con los alumnos, y que los profesores mayores y que no se adaptan a los chavales de hoy en día deberían de dejar paso a los que venimos con más ilusión.

Durante el poco tiempo que he ejercido me he mostrado de una forma muy natural, no creo que pudiera hacerlo de otra manera. No soy de aquellos que son de una manera en ciertas situaciones y después se cambian la careta. Me parece que es posible ganarse el respeto de los alumnos de otra manera. Eso creía yo hasta ayer. Me parece que he cometido un error de base, pensar que puedo ser el amigo de mis alumnos desde el primer día de clase.

Aunque, en general, las clases me van bastante bien, ayer tuve una algo infernal. No paraba de mandar callar a un grupo de predelincuentes a los que intentaba enseñar que una de las formas de resolver los conflictos es la negociación (cosa difícil). Llegó un punto en el que todos charlaban mientras escribía en la pizarra. Me di media vuelta y dije ¿No queréis dar la clase? Pues haremos ejercicios y los recogeré al final de la hora. . Lo que para mí había resultado un castigo, fue tomado como algo normal entre los chavales, que diligentemente abrieron sus cuadernos y se pusieron a escribir en silencio, sin mostrar ningún tipo de ofuscación. Otra cosa es el resultado de los ejercicios, cuajadito de faltas de ortografía.

El caso es que andaba yo barruntando por la noche, en uno de esos momentos de insomnio, la manera de mantener el orden en clase. Y entonces me llegó la lucidez. Qué gililpollas has sido, la culpa es tuya por haberles dado esas confianzas. Hay que ser tonto para pensar que los niñatos de 16, 17 y 18 años van a entrar en la clase alegremente, se van a sentar de forma ordenada, se callarán y esperarán con impaciencia a que tú, el profesor de economía, entre a descubrirles las verdades de la globalización. ¿Tú lo hiciste alguna vez? No, pero tampoco por ello fuiste un mal alumno. Pero lo cierto es que algo de disciplina y de mano dura,son necesarias, especialmente si eres el sustituto que sólo va a estar un mes y que no va a evaluar a los alumnos.

Caso resuelto. Hoy, cuando he llegado a clase he pasado por la sala de profesores, he firmado la entrada en el centro y he cogido un par de partes de incidencias, por si las moscas. He llegado a clase y he reñido a los que no han llegado a la hora, le he llamado la atención a un alumno por estar recostado sobre la pared y con las piernas de lado. Otro, que hablaba con sus compañeros me ha pedido que repitiera lo último de había dicho. No lo voy a repetir porque estabas hablando con tus compañeros. Pues muchas gracias por no repetir, profesor. Entonces fue cuando llegó el momento, el de tomar esa odiosa actitud de demostración de autoridad, de exigir respeto, de hacer todo eso que siempre me ha parecido que se podía evitar, pero que todos dicen que es inevitable. ¿Cómo te llamas? Le dije, mientras marcaba la casilla “falta al respeto” en el parte que acababa de de sacar de mi carpeta, el parte que mandaría al alumno en cuestión a la sala de expulsados de clase.

29 de enero de 2007

El encanto del bizco



Siempre me ha gustado el David de Miguel Ángel. Un cuerpo de casi cuatro metros, con extremidades algo desproporcionadas que muestran la terribilitá del personaje que se acaba de enfrentar a Goliat. Pero además de sus largos brazos y sus enormes manos hay algo en su mirada que cautiva al espectador. Esa mirada algo perdida en el espacio….lo que le pasa al David es que es bizco. Se trata simplemente de un truco del artista para que parezca que la estatua nos mira directamente tanto si la miramos desde la derecha como si lo hacemos desde la izquierda. Vaya, que tiene un ojo mirando para cada lado. Dicho así no parece muy atractivo, pero he tenido la ocasión de comprobar empíricamente la belleza de las personas con estrabismo.

Hace unos meses que he comenzado los cursos de doctorados. Se trata de sesiones, a veces interminables, en las que no es que nos cuenten cosas aburridas, pero se hacen largas en ciertas ocasiones. Es entonces cuando, como un quinceañero, me distraigo mirando a un compañero de clase. Como no somos más de ocho y nos sentamos todos alrededor de una mesa, es fácil posar la mirada disimuladamente en el chico guapo de la clase. De nombre casi tan impronunciable como el mío, mi compañero tiene todas las papeletas para que me resultase desagradable a la vista. Rasgos alargados, piel blanquecina, ojos pequeños y atentos, finos labios, tiene facciones casi de un pájaro. Soy más de preferir a los hombres con cara de perro a los que tienen cara de pájaro. Pero esa es otra historia que contaré otro día.

El caso es que andaba yo preguntándome qué tendría ese chico mientras que comentaba la jugada con mi compañera de doctorado Pepa, cuando llegué a la conclusión de que, además de guapo e inteligente, nuestro hombre era bizco. Se trata de un levísimo estrabismo, una sutil variación en la dirección de sus globos oculares –muchísimo menos que Leticia Sabater- que le da un encanto insospechado.

Después de unas cuantas semanas sin ir a clase (me refiero a él, no a mi, que no he faltado ni a una), casi se me había olvidado la historia cuando este sábado, me encontré al chico del estrabismo. Dada la hora que era ya y el ambiente que se respiraba, mi compañero estaba más estrábico que nunca. Casi no acertó a saludarme (creo que me cantó algo mientras me agarraba del hombro) y se dedicó a sobar a la chica guapa de la discoteca. Mis esperanzas se esfumaron igual que su mirada perdida. En realidad tampoco me desilusioné. Desde el principio sabía que el chico bizco no era para mí. Aunque, como bien dice Mer, el final no se sabe hasta el final.


Él no era bizco, pero merece ser visto por lo menos dos veces

26 de enero de 2007

Supernorte, superfuerte



Esta semana ando con la vida como un helado de tutti frutti. Conste que a mi no me gusta semejante sabor, todo lleno de fruta confitada empalagosa que se queda en las muelas de atrás -o el los huecos que van quedando entre ellas, cosas de la edad-. Pero llevar adelante dos trabajos, el doctorado y una activa vida social, es lo que tiene.
Como era de esperar, me han vuelto a llamar para dar clase. Esta vez he tenido suerte y me he quedado en Sevilla capital. Como en la última ocasión, he hecho cosas nuevas que antes nunca había hecho. Por ejemplo, pasar por la ronda Supernorte de Sevilla. Ir por esta vía ha resultado maravilloso, porque me ha permitido dar respuesta a tantas preguntas sin responder anteriormente, como ¿Dónde se celebran esas raves por las mañanas, esas que dicen que montan en el apeadero del AVE en la Expo? Vaya usted por la Supernorte y esta y otras dudas serán resueltas.

Superfuerte es el nivelito que están alcanzando los profesores y los alumnos. Ya me habían advertido sobre los últimos, pero nunca me imaginé es que el claustro pudiera estar tan lleno de profes rancios, quemados de la vida y poco ilusionados. Señores, si no están dispuestos a lidiar con las nuevas generaciones, búsquense otro trabajo. ¡Y de paso nos dejan el sitio a los interinos! Aunque no les falta razón, he de reconocer. Hoy pregunté en clase quién era en nuevo secretario de la ONU (un tal Ban Ki-moon, lo he tenido que buscar en San Google) y desde el final de la clase me contestó un pupilo escandalosamente: ¡Lopera!. Así es el humor de la periferia. O te ríes o te pegas un tiro. Evidentemente, me partí de la risa.


18 de enero de 2007

Mancuernas y testosterona

Honestamente, nunca pensé en apuntarme al gimnasio por salud. Aunque la proyección es uno de mis mecanismos de defensa preferidos, la racionalización no lo es. No necesito darme estúpidas excusas para lo que resulta obvio. Seamos sinceros, toda una vida siendo un tirillas me llevó, ahora hace un año, a acercarme por el gimnasio debajo de mi piso en busca de una mejora en mi forma física que produjera alivio espiritual. No es que tenga hecho un master en el asunto, pero doce meses me han dado algo de conocimiento de lo que se cuece entre mancuernas y poleas. Aunque he de reconocer que para mi sigue siendo hoy en día el gimnasio un lugar de extrañas sensaciones. Y aún no he encontrado en el entrenamiento la seguridad en mi mismo (¿o será más bien necesidad de aceptación?) que iba buscando. Lo que he conseguido es una adicción más. Pero vayamos por partes.

Gimnasios hay muchos, el de debajo de mi casa podría calificarse como gimnasio de barrio con pretensiones. No es un gran local, con cientos de bicicletas, sauna, jacuzzi y otras excusas para no entrenar. Pero tampoco es el típico gimnasio donde están los cuatro marmolillos de la manzana sudando la gota gorda. Es un punto medio. Como en todo gimnasio, el sancta sanctorum es la sala de musculación, con sus máquinas, bancos, barras y mancuernas. Allí se reunen lo más granado del barrio, un cúmulo de testosterona, músculo y agresiva heterosexualidad. Yo siempre me he sentido un bicho raro. Aunque he tratado de mostrarme simpático, siempre me ha dado la impresión -como en otras tantas ocasiones en mi vida- de que yo no podía pertenecer a ese exclusivo club privado de musculitos veinteañeros arrogantes que se miran en los espejos a golpe de bícep. A veces he pensado que entre dientes mascullarían el consabido apelativo (maricón para el que aún no lo haya captado) hacia mi persona. En definitiva, después de un año puedo decir que, aunque sí que ha mejorado mi forma física, no así lo ha hecho la espiritual. Sigo siendo inseguro en cuanto a mi aspecto y en mis relaciones con los hombres.

Casualidades de la vida, ayer, de nuevo en la sala de musculación, entre testosterona heterosexual y carnes turgentes, tuve la ocasión de hablar por primera vez con algunos compañeros de mancuernas. Una conversación intrascendente en su contenido pero vital para mi, por encontrarme como uno más de ellos. Me sentí por un momento como entrando en un sitio prohibido. Al final la conclusión que saqué es la misma a la que otras tantas veces he llegado. Que soy una persona llena de prejuicios que etiqueto a todo el mundo. Que pienso que todo el mundo me juzga, cuando soy yo el juez. Que cuando conozco mínimamente a la gente me suelo sorprender por la gran diferencia que hay entre lo que yo presuponía y la realidad. Que soy el peor enemigo de mi mismo. Y que debería de relajarme un poquito y disfrutar. Bueno, por lo menos ya he hecho amiguitos en el gimnasio, ¿no?

12 de enero de 2007

amor/desamor

Te he visto de lejos desde que he entrado. Me acabo de sentar cerca de ti, en frente, para verte mejor. Deja que te mire. Si señor, sí que me gustas, definitivamente. ¿Cuántos años debes de tener? No más de 25. Mentira, seguro que no llegas ni a los 22. Te estás convirtiendo en un viejo verde, Saulete, lo sabes, ¿no? No me distraigas y deja que me fije a gusto. Pero cómo me encanta ese estilito insolente y desenfadado que te gastas. Ese mechón sobre la cara, la barba de unos cuantos días. ¿Te estás dejando bigote? Dicen que se lleva muchísimo esta temporada, y a ti te va fenomenal. Ah, que vienes de hacerte unas rebajitas, ¿no? Pues tu fondo de armario me gusta por lo que enseñas. Esa chupa, esos vaqueritos…y las zapatillas tan molonas que me llevas. Qué manos más bonitas tienes. A ver… tac-tac-tac-tacatac, tac-tac-tac-tacatac. No me lo puedo creer, estamos escuchando la misma emisora de radio, chaval. ¡Uuuups, mi parada! Llevo diez minutos mirando y tú no haces más que mirar a otro lado. Con lo felices que podíamos haber sido tú y yo…Ahí te quedas, capullo. Esto me pasa por enamorarme de niñatos que van escuchando la Máxima FM en el bus…

9 de enero de 2007

¿Te has tomado ya el ácido fólico?



Todo parece indicar que el 2007 será un año que no me dejará indiferente. No podía empezar de una forma más extraña, 38 de fiebre y una Inesperada Fiesta de Fin de Año. Aunque no sé qué puede significar, no deja de parecerme premonitorio. Cansado de promesas incumplidas, me sentía un poco como aquella ama de casa que decía eso de estoy harta de tanto frotar, descontenta con su detergente habitual, así que no he hecho ningún propósito para el año nuevo. Error garrafal, ahora que todas las señales apuntan a que el 2007, por lo menos para mi círculo de amistades, será el año de los baby boomers.

Me explico. Después del trance de la fiebre, la fiesta y su consiguiente resaca, el día tres de enero me comunicaron la triste noticia de la muerte del padre de una de las compañeras de mi grupo de teatro. Hacía poco que había vivido una experiencia parecida al morir mi abuela. Madrugar un día de vacaciones para acudir a una misa al tanatorio no es plato que le guste a nadie pero, como ya dije en otro momento, la vida es una rueda de responsabilidades a las que hay que dar una respuesta, y la callada no suele ser muy apropiada. He de reconocer que el tanatorio de Sevilla es una instalación de lo más aséptica. Si no supiera de antemano a dónde me dirigía podría haber confundido su amplio, luminoso y de moderno diseño hall con el de un aeropuerto o estación de tren. En vez de puertas de embarque, las pantallas muestran las capillas donde familiares, amigos y demás personas asistentes dan el último adiós a la persona que ha fallecido, que se marcha a un viaje del que sólo sabemos que nos tocará hacer a nosotros algún día. No me considero una persona sentimental, sino más bien fría (a veces incluso me avergüenzo de mi falta de sensibilidad). Pero la visión de mi compañera de teatro y su familia sufriendo por la muerte de su padre me revolvió las tripas y tuve que salirme del tanatorio con los ojos llenos de lágrimas, sin saber muy bien en realidad por qué me tocaba a mi sentirme así. Lo gracioso de toda la triste escena es que mientras yo salía del tanatorio, el cortejo fúnebre me iba siguiendo para enterrar al difunto, provocando la cómica escena en la que parecía que yo huía llorando de un grupo de personas que, llorando también, me perseguían.

Terminado el luctuoso acontecimiento, ese mismo día visité a una amiga que ha tenido hace poco a su segundo hijo. Y tiene un año menos que yo (mi amiga, se entiende). Esa tarde me di cuenta de lo diferentes que pueden ser las vidas de dos personas de la misma edad. El ver a mi amiga, literalmente lidiando con las dos criaturas (de dos años y unos cuantos meses, respectivamente) me hizo convencerme de que lo de tener hijos no es lo mío. Al menos por ahora. Pero recordando los días de fiebre y el funeral al que había acudido me asaltó, de nuevo, el miedo a envejecer y morir solo, sin pareja ni hijos. Conforme crezco libre, feliz y loco, pero solo, me doy cuenta de que al final sólo tenemos a nuestra familia. Y teniendo en cuenta las relaciones que yo tengo con la mía y que no me decido a fundar una propia…en fin, estos pensamientos no han ido sino acrecentándose después de darme cuenta de que el 2007 es el año en el que todas mis amigas quieren quedarse embarazadas. Si el 2006 puede calificarse como el año en el que mis amigos se quitaron de la calle y yo me quedé en ella, este año va a dar una vuelta de tuerca a la cuestión. Las copas ya han sido estratégicamente trasladadas del sábado noche al viernes tarde, más en la línea de los after office que los after hours. Y los excesos suelen limitarse al factor etílico. Revelador. Al menos los vaqueros no han dado paso a los pantalones de pinzas en los chicos y ellas siguen luciendo modernos cortes de pelos y juveniles trapitos. Al tratarse todas de futuras madres primerizas, el tema está empezando a convertirse en un must de todas nuestras reuniones. Hay en las chicas un intento casi infantil de planificar todo el proceso, como el que prepara unas vacaciones o va a comprarse un piso. Como si fuera tan fácil como hacer un simple clic en el botón de aceptar. Hay quien ha pensado en empezar a tomar ácido fólico. Aunque hemos cambiado de medicamento, seguimos siendo pura química.
En fin, yo no me agobio excesivamente por el asunto porque antes del hipotético hijo viene la hipotética pareja. Como he dicho, no hay propósitos para este año. Así no habrá decepciones. Pero por si acaso, me he decidido a apadrinar un niño. Cierto es que ya tengo sobrinos, pero estos me los ha “regalado” mi hermana. Este es un ahijado que he decidido tener yo. Ahora sí, lo he elegido de la India, muchísimo más pop que de otras latitudes, a dónde va a parar.


2 de enero de 2007

I.F.F.A (Inesperada Fiesta de Fin de Año)

La noche de Fin de Año siempre ha tenido algo mágico para mi, hasta que llegó el 2006. Cansado de tantas salidas, entradas, comidas y bebidas lo que en realidad me apetecía era encontrar alguna buena excusa que me convenciera para no hacer nada. Pero, ¿cómo quedarme en casa, voluntariamente, la noche de Fin de Año?

El viernes nos juntamos todos en mi casa. Había propuesto un potaje para los amigos. No es que sea un gran cocinero, pero tengo alguna que otra especialidad, y el cuchareo es una de ellas. Como era de esperar, la comida se alargó y entre risas y copas nos empezamos a pasar un termómetro de mercurio. Y recordamos la terrible bronca que a todos nos cayó alguna vez por partir el termómentro. Y lo divertido que era jugar con las bolitas de metal, como en Terminator. ¿Alguien sabe qué hacer en Fin de Año?. El plan era algo confuso, y a nadie le apetecía ir a una fiesta tumultuosa. El caso es que cuando terminó la comida-merienda-cena el que tenía fiebre de verdad era yo. El sábado lo pasé en cama. Más bien en el sofá, rodeado de pañuelos con mocos, bombones, pastelitos...en fin, todas las cosas que pueden consolar a un enfermo. La fiebre no me bajaba, así que a las dos de la mañana decidí ir a urgencias a que me dieran algo. ¿Quieres que te pinche el antibiótico, y así te quedarás estupendamente? La oferta era tentadora, pero no me sentía tan mal como para bajarme los pantalones delante de la agradable doctora. Me fui a casa cargado de pastillas, con treinta y nueve de fiebre y la excusa perfecta para no salir en Fin de Año.

Los medicamentos genéricos que dispensan en los hospitales deben de tener unas propiedades curativas milagrosas, porque el día 31 me encontraba bastante mejor. Tan bien me sentía que hablé con un par de amigos para tomar unas copas en casa, en plan tranquilo, después de las uvas. ¿Cómo no se nos habría ocurrido antes, hacer el clásico botellón casero de los viernes por la tarde, pero en Fin de Año? Después de las doce empezamos a llegar a mi piso: Martita, Mariano, Jose Ferrari, Pepita, Pepito y Juan Ramón. Y se montó la Inesperada Fiesta de Fin de Año. Donde todos tuvimos nuestro minuto de gloria frente a la cámara. Y en vez de hacérsenos de noche, se nos hizo de día.
Por supuesto, la noche no terminó allí, y aún nos quedaron ganas para ver cómo se lo estaba pasando la gente el día de Año Nuevo. Volví a casa de nuevo comiendo churros y riéndome de lo que me decía Martita al amanecer. ¿Y la charla que te he dado, que se nos ha hecho de día?



Me rindo, haz conmigo lo que quieras.- le dijó él a ella cuando terminó la última noche del año.