Segundo acto. Despacho del Director.
Alumna: (sin inmutarse)¿Nos puedes cambiar el exámen de este jueves? Es que tenemos uno de Historia.
Profesor: (cansado)¿Cuándo lo queréis tener?
Segundo acto. Despacho del Director.
Alumna: (sin inmutarse)¿Nos puedes cambiar el exámen de este jueves? Es que tenemos uno de Historia.
Profesor: (cansado)¿Cuándo lo queréis tener?
No tengo muy claro si éste es el título más adecuado o si, por el contrario, deja vù podría ilustrar mejor la experiencia que viví ayer de madrugada.
Estoy en casa con el pijama puesto y los pelos tiesos, moqueando y con mala cara. Es mi segunda gripe de la temporada. Desde que dejé de fumar, parece que no hay invierno sin que yo caiga al menos un par de veces. Ayer, sobre la una de la mañana, volví a hacer lo mismo que el día antes de la Inesperada Fiesta de Fin de Año. La fiebre no me dejaba dormir y me planté en urgencias para que me dieran algo. Las urgencias del hospital Virgen del Rocío de Sevilla están fenomenalmente organizadas. Primero pasas por la consulta de clasificación y, una vez que te han clasificado te mandan a la sala de espera a eso, a esperar. Llegué sólo y por mi propio pie a la sala de espera, que estaba bastante concurrida a esa hora. Sólo un familiar por paciente, rezaba un cartel que colgaba del techo. Hice una primera evaluación del personal. Una señora mayor con aspecto de vieja de pueblo (de negro riguroso de pies a cabeza), sentada despatarrada, moqueaba en un pañuelo de tela. Ésta está peor que yo. Una pareja de chicos bien, serios y agazapados en una esquina. Un chaval dormido en una camilla mientras que su madre, muy de barrio, hablaba con otros pacientes, muy de barrio también. Varios chicos que parecía que se habían doblado o roto algo en los brazos o las piernas. Todo el mundo iba con alguien, menos yo y un señor que tenía el aspecto de un mendigo y que estaba en una camilla en medio de la sala. Al poco de terminar el examen visual se presentaron tres policías nacionales preguntando por un tal Óscar algo. Le indicaron que acababa de entrar en una consulta, se referían al chico que dormía en la camilla que venía con su madre. Yo tuve que contener la risa al ver a los tres agentes mirando hacia todos los lados, en plan sheriff.
Al poco me avisaron por megafonía. Consulta número siete. Me recibe una chica muy mona, más joven que yo, desde luego, con unas gafas casi clavadas a las mías.
¿Qué te ocurre?
Tengo fiebre y no me puedo quedar dormido, le contesté.
¿Cuánta fiebre tienes y desde cuándo?
No lo sé, ayer partí el termómetro – dije yo algo divertido
La doctora se puso algo más seria, aunque sin perder la sonrisa de la cara. ¿Entonces cómo sabes que tienes fiebre?
Entonces comenzó a darme una charla, reprendiéndome por ir a urgencias sin tomarme la temperatura y que otros compañeros me hubiesen empezado a gritar. Me estás echando la bulla…le dije yo desconsolado. Finalmente, me puso el termómetro. Me dijo que tenía 38, yo hubiera dicho que tenía más. La doctora decidió que lo mejor era pincharme un Nolotil. Perra, tú lo que quieres es verme el culo….pensé yo, aunque no se lo dije. Después de volver tambaleándome por el dolor en el culo a la sala de espera, me apoltroné en una silla para esperar los 45 minutos que me había indicado Mª Ángeles, la doctora.
Fijé mi atención primero en la otra oveja desparejada en la sala de espera. El señor se incorporó de la camilla algo aturdido y bajó, tambaleante. Claramente, a éste le habían cogido de la calle y está etílico en urgencias. Se dirigió como pudo a una fuente de agua, pasando por delante de la pareja de niños bien, que le miraban de reojo, y de la viuda de pueblo, que no movió ni un músculo de la cara, por no atraer su atención.
Mientras, la madre de barrio seguía hablando a ratos con otros pacientes, y los retazos de la conversación que podía oír llamaron mi atención. Uno se lo ha dado a todos y ahora le quieren echar a mi hijo la culpa, decía la señora. A ratos intentaba despertar al chaval. Óscar, despiértate o te van a poner otra inyección de esas. ¿Quieres que te pinchen otra vez?. Pero Óscar parecía estar muy a gusto en la camilla. La madre volvió a la zona de las consultas y regresó acompañada de una doctora peinada y maquillada como Paloma Cuevas en el anuncio de Ferrero Rocher. ¡Óscar! le gritó la doctora. Pero Óscar no reaccionaba. Entonces empezó a manosearle algo en el pecho. Me di cuenta que lo estaba haciendo reaccionar como me había dicho un amante médico que tuve: pasando los nudillos por el esternón o pellizcando los pezones. Óscar parecía responder a los estímulos y su madre sonreía divertida. La doctora se dio media vuelta con gesto indiferente y al momento volvió con una enfermera y una jeringa con un líquido amarillento. Al momento, el joven comenzó a despertarse. La madre empezó a charlar con la enfermera y la doctora se marchó definitivamente. No sé, vosotros que estáis más informados, ¿qué se ha podido tomar? Señora, cualquier cosa. Además, si lo ha mezclado con alcohol… Por un momento me abstraí de la conversación y me imaginé en una camilla con mi madre preguntando…uff qué mal rollo, mejor sigo escuchando. ¿Óscar, has tomado alcohol con las pastillas?, le preguntó al joven. Él balbuceó una respuesta que no pude entender. Tampoco es que me hiciera falta esa información para concluir que el niño venía con un morado de pastillas considerable. Cuando se incorporó, la enfermera se fue y yo me fijé mejor en él. Podría ser perfectamente uno de mis alumnos de electricidad o de electrónica. ¿Dónde estamos? le preguntó a la madre. Ella, medio en broma le decía: En el Virgen del Rocío, porque el Macarena estaba lleno ¿Cómo hemos llegado aquí? preguntaba el chaval levantándose y mirando las vías que le habían tomado en el brazo. ¡En ambulancia! le contestó la madre, ahora realmente divertida. ¡Venga ya! le contestó el hijo, incrédulo. ¡Pero si has venido hasta a cenar a casa y se te ha caído la cabeza en el plato! ¡Estos niños me van a matar! Desde luego, con unas reprimendas así, no pasa nada porque te lleven a urgencias de sobredosis.
El caso es que todo aquello ha quedado muy atrás y cada uno ha crecido de una manera. O más bien, ellos han crecido de una forma muy diferente a la mía. Podría decirse que mientras yo me vuelvo rabiosamente juvenil y desenfadado, los chicos de mi pandilla de la playa están sufriendo un proceso irreversible de enranciamiento.
Este fin de semana nos fuimos los chicos de la pandilla a Ámsterdam a celebrar la despedida de soltero de uno de ellos. En realidad es el único, junto conmigo, que queda soltero. Aunque ya sabía a lo que iba, me atreví, por cultura, a participar en un interesante experimento de convivencia.
Mis amigos se me presentaron enfundados en el uniforme que calzan desde hace años: Levi’s 501, camisa, jersey y náuticos. Lo que se dice todo un clásico en la indumentaria masculina española. Pero no quisiera yo ser superficialmente cruel, que como bien dice Mer, el hábito no hace al monje. Los acontecimientos, sin embargo, no hicieron más que confirmar todo lo contrario. Nunca he entendido ni las despedidas de soltero de los chicos con los chicos y las chicas con las chicas. Ni tampoco esta cultura de la humillación hacia los novios. Mi pandilla, en cambio, estaba muy en esa onda. Todos comentaban que era la última oportunidad para pegarse una juerguecita sin las novias/esposas, y que para la ocasión habían preparado un traje de flamenca para el novio, con peinecillos, collares y pendientes rojos incluidos. Para los acompañantes se habían preparado sombreros cordobeses y mini-guitarras. Y todo esto en Ámsterdam a menos de cinco grados.
Como no iba a ser yo menos, me coloqué el sombrero y cogí mi guitarra y bajamos todos al bar del albergue juvenil donde nos quedábamos. Que todo hay que decirlo, nosotros éramos los menos juveniles de los presentes en el local.
El traje de flamenca fue un éxito tremendo y el novio fue el primer encantado con su indumentaria, que tenía un efecto imán sobre todas las chicas que pasaban por el bar. El coro de palmeros y guitarristas aprovechó el tirón y por un momento volví a aquellas noches de Punta Umbría, cuando cada uno andaba ligando con alguna y yo me quedaba colgado bailando con las chicas de la pandilla en la pista de baile. Cuando decidieron que estábamos suficientemente ciegos, se fueron al barrio rojo y yo me fui de vuelta al albergue. Porque una cosa es ir de despedida de soltero con los colegas de la playa y otra muy diferente es irse de putas.
Por lo visto, una vez que el novio destrozó el traje de flamenca, se presentó ante todas las holandesas-inglesas-extranjeras en general como Mr. Hamilton. Cosas del beber.
Si alucinante fue la noche, más aún lo fue el día siguiente. Era impresionante ver y escuchar a cinco tíos como trinquetes ideando la versión que le iban a contar a sus novias/esposas sobre lo que habían hecho en Ámsterdam. En particular, no querían que se supiese que en la habitación había dos literas más. No debía saberse que la habitación era de ocho y no de seis, ni que habían dormido dos americanas ni, por supuesto, el gracioso incidente que protagonizó el novio al volver a la habitación. En un último intento de ligar, se había intentado meter, medio de broma, medio en serio, en la cama de una de las americanas, que le espetaba Stop! Stop!
Antes de irnos, le dejamos un mensaje a las chicas con las que compartmos la habitación: Dear girls: I was the one yesterday trying to get into your bed. I hope you enjoy the food. Mr. Hamilton. Debajo de la almohada dejamos media bandeja de setas alucinógenas que nos habían sobrado y un par de paquetes de patatas.
Mi vida es como una gran galleta que me como a bocaditos o a dentelladas