29 de abril de 2007

Electroperras


Enseñar Sevilla a un extraño es siempre un ejercicio divertido. La ciudad –y Andalucía, en su conjunto- es un sugerente cócktail de tópicos que a los extraños les encanta consumir: la cerveza al sol, las tapitas en los bares y la guasa a todas horas. Pero Sevilla en Feria es un espectáculo que deja al de fuera con la boca abierta. Por eso el pasar esta Feria de Abril con Amilcar, Raist y Uve ha sido más divertido aún que enseñarles la ciudad. Como decía hace algo de tiempo –con los acertados, y no desafortunados comentarios de Donetta- la Feria es la reproducción social de la misma Sevilla, aunque llevado al límite. Para mis amigos ha resultado perturbadora la visión de tantos hombres y más mujeres disfrazados con el traje típico sevillano. Me riñeron por no prevenirlos sobre la conveniencia de traer ropa elegante para pasearse por el Real. Y es verdad, y por eso resulta un ejercicio divertido enseñar Sevilla en Feria. Las cosas que a uno le parecen normales, a los de fuera les resulta totalmente chocantes. Como la de ver a la multitud con sus mejores galas en un recinto del que sales prácticamente amarillo por el albero. Ellos no esperaban que precisamente yo fuese el que sacara de mi armario un par de camisas para no ser yo menos que el resto de Sevilla en cuanto a indumentaria. Especialmente comentada fue la ropa de los caballeros, que a mis amigos les pareció de un estilo muy anticuado. Y no puedo más que estar de acuerdo, aunque no había sido totalmente consciente de ello. Los hombres elegantes, en la Feria de Sevilla acompañan a las mujeres ataviados con un traje de chaqueta casi invariablemente azul, si es por la noche. Durante el día, se visten con chaqueta clara. Los más presumidos llevan chaqueta americana de mil rayas azules o –sólo los más atrevidos- en color rosa. Ciertamente, la indumentaria masculina en la Feria responde bien a cómo se entiende que debería vestir un señorito andaluz de los de toda la vida.

De hombres y masculinidad también se habló esta semana. Me he entretenido en convencer a mis amigos que han de separar las ideas de sexo y género. Que es posible ser otro tipo de hombre que no responda al patrón que todos ya conocemos. Y me quedé sorprendido cuando me confesaron su gusto –musicalmente hablando- por el electroclash, estilo eminentemente petardo, irreverente y muy, muy homosexual. Después de ver el vídeo del tema de Putilatex Mira una moderna me he quedado convencido de que quizás soy yo el que se debe de quitarse los prejuicios respecto al género masculino, liberarme y convertirme en una auténtica electroperra, como canta el grupo. Una de las noches, estando en una caseta atestada de chicas elegantísimas y chicos con chaqueta y corbata, alguien me vino a decir lo mismo. Ante mi queja de ser el bicho raro por ir de moderno y sin chaqueta, me espetó que no fuera tan prejuicioso. Tenía toda la razón del mundo, aunque no sé cómo hubiera respondido el personal ante el grito ¡electroperra!

23 de abril de 2007

Reproducción social



Aunque no nos damos cuenta -por lo menos yo no lo hago- terminamos comportándonos como nuestros padres. Me irrita especialmente descubrir que me empiezo a parecer peligrosamente a mi madre. Y es que no hay nada nuevo bajo el sol, y menos en este mundo posmoderno en el que nos movemos. En términos algo más científicos se le llama a este fenómeno reproducción social, haciendo referencia a la forma en que son producidas y reproducidas las relaciones sociales. Es la repetición de determinados modos de vida, de valores, de prácticas…

Estaba el otro día –otro de tantos- tomando cervezas con los amigos cuando de forma inocente alguien comentó la verdad es que las niñas vestidas de flamenca están muchísimo más monas que los niños de corto. Yo, que ando algo sensible con el tema del feminismo últimamente, argumenté que eso de ver a la mujer como un ser bello que merece la pena ornamentar no es más que la reproducción del pensamiento machista, que da a las féminas el papel de bonito florero –cuajadito de claveles, en este caso- y deja para los varones otros menesteres más masculinos. Mis amigos, evidentemente, no me hicieron excesivo caso y me sugirieron que me vistiera yo de corto esta Feria de Abril, que seguro que estaba monísimo.

Esta noche comienza la Feria con su alumbrao, que no deja de ser el darle un botón para que se enciendan todas las luces. A pesar de que el pistoletazo de salida lo dan esta noche, los feriantes más acérrimos ya llevan días colgando farolillos, probando la manzanilla y degustando el jamón serrano. Y digo yo que la Feria no deja de ser la reproducción social de la propia Sevilla. Empezando por su fisonomía, con sus calles y sus casas. Sus casas con sus dueños. Porque el que no tiene caseta no entra en caseta alguna. Bueno, siempre quedan las denostadas casetas de los distritos municipales, partidos políticos y demás, que son como albergues de acogida para los sin techo de la Feria.

Aunque, definitivamente, donde la Feria es más Sevilla es en su gente. Ellas y ellos vestidos por sus propios enemigos –la frase es de mi madre-. La imagen de la pareja –él dirigiendo el caballo y ella, grácil, a la grupa, no deja dudas sobre el papel de los hombres y las mujeres en el Real de la Feria, ¿o es en Sevilla? Por si quedaba alguna duda, Cruzcampo –la cerveza sevillana por antonomasia- los regala un año más su campaña especial para estos días. Bajo un eslogan que agradece a las personas que trabajan esta semana en que los demás lo pasen bien, los carteles muestran de forma alternativa personajes de la Feria: una señora blandiendo una espumadera delante de una enorme sartén y un caballero subido en una escalera poniendo un farolillo. Lo que yo digo, reproducción social.



17 de abril de 2007

Esto no es un reproche


¿Cuántas veces me dijiste -cuando yo más lo necesitaba- que me querías?

A pesar de todo, ahora -cuando tú más lo necesitas- me siento culpable por no hacerlo.

15 de abril de 2007

Orgasmo primaveral


Parece que la primavera ya ha llegado a Sevilla.

Todos se han confabulado para que se esté a gusto. Las obras del centro ya han terminado. La Plaza del Salvador ya no está vallada. La cerveza ahora sí que sabe bien allí. Desde las escaleras de la iglesia–antes inaccesibles- se contempla mucho mejor a la juventud insolente y desenfadada que pasea su palmito.

Mañana tengo dentista y hay que ir a currar. Pero no me va a costar ir.

En un par de semanas es feria. Y algún que otro ilustre lector de este blog va a venir a la ciudad.

Sevilla en primavera es siempre un orgasmo. Es intenso pero dura poco.

11 de abril de 2007

THC


Fui a darle otro sorbo al café, relajado en el sofá después de despertarme. Me di cuenta, no sólo de que ya lo había terminado, sino que la taza estaba en el fregadero con el resto del desayuno. Tuve que admitir entonces que era cierto lo que decían los científicos sobre los efectos en la memoria a corto plazo del tetrahilcannabidol.


10 de abril de 2007

Viaje al interior de una esponja


¡ATENCIÓN! Este post no habla de nadie en concreto, sólo de mi. Que nadie se sienta aludido, por favor.

De mi padre he aprendido que para conocer realmente una ciudad has de ir al menos dos veces. Y que para conocer realmente a una persona, has de viajar con ella. A pesar de todas las diferencias que me separan de mi progenitor, no puedo más que quitarme el sombrero ante la experiencia de quien ha viajado por casi todo el mundo. Aún no he ido a tantos sitios como mi padre -en realidad, no sé si me apetece- pero he aprendido que cada viaje, por cerca que sea, es también un viaje interior.

Hace un par de días que aterricé de unas vacaciones en Asturias. Digo aterricé porque los ochocientos kilómetros que, a través de la Ruta de la Plata, separan Sevilla de Gijón los hice en coche con unos amigos.
Viajar sin pareja pero acompañado de ellas te coloca en la interesante posición de calcetín desparejado del grupo. En este caso, pequeño grupo, sólo dos parejas y yo. Aunque en más de una ocasión me he quejado de la falta de acompañamiento, lo cierto es que no resulta un impedimento con los amigos con los que me muevo. No me siento excluido o solo. Todo lo contrario. Además, la condición de single del grupo me permite observar las relaciones de los demás.

Asturias sorprende no sólo por la belleza de sus paisajes y la forma de escanciar la sidra, sino por lo feos que son los y las asturianas y esa brusquedad del norte que a los andaluces tanto nos cuesta comprender. Es precisamente esas maneras secas las que hicieron que algún asturiano se llevara el calificativo de malaje, tan andaluz como incomprensible para el que no es de Andalucía.

Cuando observas algo desde fuera, todo parece claro y sencillo. Es lo que de siempre se ha dicho sobre ver la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio. Reconozco que he tenido una semana sumamente pajillera. Ver las evoluciones de las parejas que me acompañaban -las dos, hasta la fecha, felizmente unidas- me ha hecho recapacitar seriamente sobre lo inoportuno que puede resultar tener novio.
Por las noches, después de pasar el día visitando los Lagos de Covadonga o ingiriendo cantidades industriales de sidra y fabes, nos recluíamos en la buhardilla de la casa de campo donde nos hemos estado alojando. La estancia –una suerte de chill out árabe con barra, dardos, copas y trivial- invitaba al relax, la charla y las risas hasta bien entrada la noche. Somos carne de esponja, decíamos para referirnos al colchoncillo donde nos desparramábamos. Y era en esa esponja donde yo me paraba a reflexionar en cómo cambia la gente cuando se empareja. La capacidad para no ver, ya no la paja, sino la viga, qué digo, el pilar maestro en el ojo ajeno. Chantaje emocional, desmanes, faltas de cariño, abusos de poder, roles hombre-mujer estereotipados. Torturas consentidas a pequeña escala. Pensar que también podría estar yo allí me puso los pelos de punta. Nada de parejas por ahora.
Es fácil opinar desde fuera. Lo sé. Por eso mismo lo hago.