31 de mayo de 2007

Albóndigas

Llego hoy a casa antes de tiempo. El curso de doctorado ha empezado a las tres y media, con lo que he tenido el tiempo justo de salir de trabajar, comerme un bocadillo por el camino y beber a sorbos una botella de cocacola light de medio litro. Odio la cocacola zero. ¿Alguien me puede explicar por qué sacan un producto para un público aparentemente similar al de la cocacola light? En fin, que estoy llegando hoy a casa antes de tiempo porque a las seis y veinte la profesora nos ha dado boleto. No sin antes darnos las directrices del trabajo que le tenemos que entregar el otro alumno y yo. Llego al portal con un par de bolsas. Nada de delicatessen, un cuarto de kilo de cerezas y otro de habichuelas, un kilo de patatas, dos pimientos y dos calabacines. Y media docena de huevos, un cuarto de carne mechada y un bollo. Poco glamour, pero mucho sabor en las albóndigas que se cuecen right now a mis espaldas, lo aseguro.

Tengo el tiempo justo para bajar al gimnasio, en los bajos de mi mismo bloque, y cocinarme después lo que ahora se cuece detrás. Me coloco el disfraz de deportista y me percato de que el moreno de albañil ha hecho estragos en mi. Estoy de lo más gracioso con mi camiseta sin mangas que muestra claramente que aún no he ido a la playa en condiciones. Creo que aún me quedan un par de toallitas autobronceantes del Mercadona, que ahora sí que parece que pueden tener un uso claro. Me calzo y salgo de casa. Cierro la puerta y suena algo parecido a un turco cortando la carne para un doner kebap. Miro instintivamente hacia el final del pasillo, a la puerta K. La puerta está abierta y de espaldas a mi, en el recibidor de la casa hay un hombre que me mira a través del reflejo del espejo que cuelga en la pared. Es él. Va vestido sólo con unos calzoncillos de cuadros y se sujeta una sien con una mano mientras que con la otra se pasa una máquina de afeitar por la cabeza. Yo bajo la mía –instinto de supervivencia o inteligencia superior debida a la selección natural- y llamo al ascensor.

Ya abajo se lo digo al portero. El ruso ha vuelto, ¿no?. No me lo puedo explicar. No me termina de entrar en la cabeza que todo vuelva a ser como antes, después de lo que pasó. El portero me inquieta aún más al hablarme de la cabeza, la de la chica. La herida tan grande que tenía ahí se la hizo el otro golpeándola con la llave de la casa en el puño. Supongo que el hecho de que vuelva a dormir con su enemigo tiene que ver con que no tenga aquí a nadie más, según sigue explicando el cancerbero de mi bloque. Yo creo que también tiene la culpa la falta de autoestima y amor propio que tienen algunas mujeres, víctimas del estereotipo que las convierte en ciudadanas de segunda, desvalorizadas y condenadas a asentir y callar.

En casa pongo la tele y anuncian una nueva víctima de la violencia –antes de género- machista. Les he de dejar porque las albóndigas ya están listas y tienen una pinta estupenda. Confieso que es la primera vez que las cocino y que las bolitas de carne las he comprado ya liadas. Yo prefiero dedicarme a otro tipo de líos. Me pregunto si la chica de la puerta K tendrá invitados esta noche para cenar.

28 de mayo de 2007

Disculpen las molestias


Ahora que ha pasado algo más de un año desde que comencé a mordisquear esta gran galleta parece que es el momento apropiado para escribir un metapost, un post que hable de los propios textos que voy dejando colgados aquí. Realmente, creo que Blogger me buscó a mi más que yo a él. Me resistí durante algo de tiempo a leer a mi amiga Alevosa, que me llevó a Bosco Herranz y después a Mondo Gitane y mucho después a Kurt. Los blogs que leo han cambiado, igual que lo han hecho mis motivaciones para escribir.

Un mismo punto de partida es compartido por todo el que escribe. Un cierto punto exhibicionista. Escribo para alguien, además de para mi. Es un poco lo que dicen muchas mujeres. Me arreglo para verme guapa. Claro, y para que –si puede ser- me digan lo guapa que estoy. A partir de aquí, hay bloggers para todos los gustos. Hay quien comenta la vida social, quien se queja de algo o alguien, quien cuenta su vida anecdóticamente y quien es tan críptico que sólo es entendido del todo por sus conocidos.

La Gran Galleta es un vómito espiritual. Unas veces es una foto que hice y le dio sentido a algo y en otras ocasiones es una idea para la que encontré una imagen que valiera más de mil palabras escritas. Otras veces es las dos cosas a la vez. En algún momento no es nada de eso. Yo también soy de esa manera. Superficial y profundo. Hedonista y crítico. Mariquita con aspiraciones heterosexuales. Claro, confuso, abierto. Cerrado. Inadecuado e impertinente. No necesariamente racional, sino más bien razonable. No digo la verdad, sino mi verdad, cómo entiendo las cosas o –para ser más exactos- como las siento. Es como si me sentara en un alféizar a mirar el paisaje desde una habitación en penumbra.

Una vez que he vomitado tengo que reconocer que siento cierta emoción morbosa mientras espero los resultados de la operación. El problema de vomitar es que puedes salpicar a alguien. Y a nadie le gusta que le poten encima.

Nos hablaba el otro día un profesor de la censura estructural que se produce en los grupos de discusión. Los grupos de discusión –para abreviar, una técnica de recogida de información en ciencias sociales que consiste en reunir a gente que no se conoce previamente para hablar de un tema- se da la censura estructural. Ocurre cuando en un grupo hay una opinión más fuerte que las demás –que se llama discurso legítimo- que acalla otras voces. Los participantes que estiman que su opinión no va a ser aceptada por los demás –que tienen menos valor- usualmente optan por hacer mutis por el foro y no abrir el pico.

Ciertamente, siento yo algo de eso cuando escribo. Es lo que tiene el vómito, que está muy censurado, no gusta y es preferible cerrar la boca para no incordiar. Quizás por eso no suelo intervenir en los comentarios, siempre afortunados, que hacéis. Soy de vomitar una vez y quedarme a gusto. No me hace falta continuar, arcada tras arcada, hasta vaciar el estómago. Pero entiendo que haya quien quiera no le parezcan bien mis exabruptos. Lo que ocurre es que no puedo evitar decir mi verdad. Mi vómito no tiene la razón, sino mi razón. No es mi intención importunar, pero si cierro la boca me lo trago.

23 de mayo de 2007

Pool party



¿Hasta cuándo tiene una persona capacidad para sentirse sorprendida por otras personas? ¿Cuándo no te emociona ya encontrar en el otro similitudes y diferencias? ¿En qué momento tus relaciones con nuevas personas se limitan sólo a formalidades? En definitiva, ¿hasta cuándo se hacen amigos? Tengo que reconocer que es un tema que me interesa bastante debido a mi condición de single –la supervivencia social obliga a ello-. Además de los achaques sociales a partir de cierta edad, véase salir poco, relacionarse sólo con la pareja o con otras parejas y demás comportamientos de los novios-matrimonios de más de treinta años, me enfrento a mis propios demonios. Crezco y sé que me vuelvo insoportable, cascarrabias, gruñón y malhumorado. Pero la vida se encarga de decirte constantemente que, aunque no puedes influir del todo lo que te va a ocurrir, sí puedes decidir qué actitud tener. Este fin de semana fue una buen ejemplo de que nunca es tarde, y que la dicha puede ser pero que muy buena.

Hablaba la semana pasada la orientadora de lo gozoso y a la vez inoportuno que era haberse quedado embarazada un par de semanas antes de celebrar su boda. El enlace, finalmente se celebró, aunque no exactamente de penalti. La boda civil hacía tiempo que ya estaba rubricada, pero faltaba la celebración con los amigos. El punto de encuentro fue Pozoblanco (Córdoba), localidad más conocida por ser donde el malogrado Francisco Rivera, Paquirri, se dejó el último aliento enganchado de las astas de Avispado. Los colegas de los novios-ya-maridos nos convocaron allí para pasar un fin de semana en un cortijo, con barbacoa, sin reglas y con disc-jockey. Todos sentimos un extraño cosquilleo el viernes al salir. Yo, particularmente, por saber que me iba a pegar una fiesta con mis amigos. Porque ya tengo muy comprobado que la fiesta, si es entre amigos, es más fiesta que nunca.

Y tengo que confesar que me sorprendí. El sábado, el día de la celebración, haríamos una barbacoa en la piscina y a partir de ahí, lo que fuera surgiendo. Y surgió, ya lo creo que surgió. Nunca pensé que los novios tendrían en Cádiz y en Málaga sendos grupos de amigos similares a los suyos sevillanos. La fiesta en la piscina –una auténtica pool party- se convirtió en la gran fiesta en a partir de la cual estoy convencido que no moriré sólo y devorado por mis perros, como la pobre Bridget Jones. Y es que los amigos de la orientadora y el profesor de educación física son muy particulares. Tan particulares como nosotros. ¿Cómo iba a pensar yo que encontraría a un grupo de chicas estupendas dispuestas a pasarlo tan bien? ¿Y que una cogería un megáfono y se pondría a gritar Señores, aquí el que no se lo pasa bien es porque no quiere? ¿Quién me diría que los chicos que iba a conocer -sus novios-maridos- serían tan absolutamente encantadores a la par que guapos y simpáticos? Álvaro, nuestro disc-jockey vivió una tarde-noche de gloria en la que raro fue el momento en el que el personal no estaba bailando. La reseña gráfica la podéis disfrutar en el blog de Alevosa. Para una muestra de los temas que escuchamos recomiendo encarecidamente escuchar el tema a la izquierda. Igualito que los de la boda cuya despedida celebré en Ámsterdam.

Hay incluso quien intentó buscar mi 1% heterosexual. Y yo me sorprendí disfrutando al acariciar las caderas de Lourdes, pasando suavemente mi mano por encima de su tanga, que notaba perfectamente a través del vaporoso vestido. A pesar de todo, lo más sorprendente fue escuchar la conversación de la orientadora con una de sus hermanas, también embarazada. ¿A parte de nosotras hay alguien que no se haya drogado?

17 de mayo de 2007

Una negociación al más alto nivel


Hace unos días me comentaba un amigo que estaba llevando a cabo una negociación al más alto nivel con su pareja. Mi amigo, como otros muchos hombres heterosexuales, tiene fijación por practicar el sexo anal con las chicas. Ciertamente, se trata de un tema del que escucho hablar a los hombres en escasas ocasiones. Sin embargo, cuando sale en una conversación, suele haber unanimidad. Todos reconocen –a veces ligeramente ruborizados- que les gusta la puerta de atrás. Es, sin duda, de una de las muchas fantasías heterosexuales que me gusta contemplar desde la homosexualidad, desde la tranquilidad de quien no tiene por qué excusarse porque le guste dar por culo.

Me comentaba mi amigo que su novia, de reciente adquisición había puesto condiciones para ceder a sus propósitos sexuales: ella debía poder hacer lo mismo con él. En principio, no me pareció descabellado, simplemente estaba pidiendo hacerle a él lo que él deseaba hacerle a ella. Sin embargo, cuando se habla del lugar donde la espalda pierde su nombre, los chicos empiezan a ponerse nerviosos. Tan nerviosos, que ni siquiera hablan de ello. Seguramente, por ello no conozco una opinión generalizada al respecto entre los hombres. Simplemente, que eso no se toca, caca. La expresión con la que prohibimos a los niños tocar algo viene al pelo en esta ocasión.

Analizando la situación con un poco más profundidad podría aventurar las razones de esta circunstancia. Seguramente se encuentran en la propia construcción de la masculinidad en la cultura occidental. Pero, ¿qué significa exactamente ser hombre? Sin abundar mucho en la cuestión se puede afirmar que para nuestra cultura un hombre, básicamente, debe de ser todo lo que no es una mujer. Desde pequeños nos enseñan cuáles son las expectativas sobre el género masculino, qué conductas son adecuadas y cuáles no lo son para nada .Entre estas últimas se encuentran jugar con muñecas, vestirse, jugar o hacer cualquier cosa que hagan las niñas. Ni que decir tiene que estoy hablando de la génesis de la homofobia. Pero no nos pongamos trascendentales, los hombres simplemente sentimos miedo toda nuestra vida de convertirnos en maricones. Y que alguien te toque ahí, aunque sea una mujer quien lo haga, no es una conducta muy masculina.

El caso es que los recelos de mi amigo porque su novia le hurgara en aquel lugar en el que sólo los que no son verdaderos hombres tocan está fundado en su miedo por convertirse al lado oscuro, la otra acera, etc., etc. Es una tensión a la que el hombre está condenado toda su vida: demostrar constantemente que lo es. Desde estas líneas quiero dar una buena noticia a mi amigo y a otros tantos hombres asustados: no sois gays. No os preocupéis, no os ha tocado a vosotros. Ahora podéis dormir tranquilo o -mucho mejor- disfrutad sin miedo de vuestro culo.

Porque, digo yo, que básicamente no existen culos de hombres, mujeres o incluso culos de gays y de lesbianas. Me parece a mi que todos nacemos con el mismo culo. Funcionalmente hablando, porque después los hay más y menos apetecibles. En eso ya no entro. Y si a unos y unas nos gusta, ¿por qué no les va a gustar a otros? ¿No puede ser quizás que haya hombres a los que les de miedo que les guste?

Lo cierto es que nuestro refranero es prolijo en expresiones que nos ayudan a comprender este fenómeno. El culo es amado y odiado a partes iguales. Dar por culo es lo peor que te puede pasar, pero también nos gusta desear que ese culito no pase hambre. Y es esclarecedor el dicho popular que dice que el que prueba, repite.

Por eso desde aquí me gustaría animar a todos y a todas que disfrutaran de su culo. Que culo no hay más que uno, y a ti te encontré en el río.

9 de mayo de 2007

Orientación para la orientadora (basado en hechos reales)

Como orientadora en un instituto de secundaria se supone que mi trabajo consiste en guiar a los adolescentes en sus elecciones educativas y muchas veces en las personales durante los años que les toca pasar por mis manos en el instituto. Hacerlo no me cuesta porque me gusta estar con ellos y escucharles. En cierto modo, aún soy un poco una adolescente en ese sentido, aunque hace ya algunos años que pasé de la treintena. Soy la más pequeña de cuatro hermanos y es una posición que me encanta ocupar, soy la chica. No podía imaginarme que, en el momento menos pensado, iba a ser yo la necesitada de orientación.

Aquella mañana –hace ahora como una semana- me desperté, como las demás, dormida. No termino de acostumbrarme a seguir yendo a trabajar ahora que los días son más largos, que hace calor en Sevilla, ahora que el verano está llamando a la puerta dando auténticos mamporrazos. Hace un mes que me he casado. Nada de particular, porque llevo viviendo algunos años con mi novio. Pero estamos pensando en aumentar la familia, sin prisas, y entonces cuando el matrimonio se empieza a ver como un saco de ventajas: papeles en regla, familias tranquilas. Pero la celebración sí que va a ser a nuestra manera. Un fin de semana, con los amigos, un poco o un mucho de desmadre…y en poco más de tiempo, las vacaciones de verano.

El verano, eso es lo que hacía que pusiera un pie en el suelo de la habitación. Eso y haber pasado otra noche en los brazos de mi marido. Me andaba quitando las últimas legañas arrancando el coche mientras que pensaba en lo relajados que estábamos en el tema anticonceptivos. Hasta después de la celebración no deberíamos dejar de usarlos, antes del bombo viene la fiesta. Hice cuentas de memoria. Mierda, estoy ovulando. Pero era viernes y nada me lo iba a estropear. En cuatro días me vendría la regla y mucho antes –este mediodía- estaría con toda la pandilla tomando cervezas.

La mañana se pasó volando y antes de llegar al bar llamé a mi recién estrenado marido por teléfono. Él parecía muy ilusionado con la posibilidad de que nos hubiéramos embarazado antes de tiempo. Decía que no pasaba nada. Claro, y si pasa, se le saluda-pensé yo irónicamente mientras cerraba el coche. Lo último que me apetecía era no poderme tomar ni una copa rodeada de gente pasándolo bien en mi propia celebración. Ya en el bar, Triki también se entusiasmó con la idea. Que sepas que si estoy preñada vas a ser tú el padrino -le dije - que eso de tener un padrino mariquita viste mucho.

La tarde la pasamos –como siempre las pasamos- en casa de alguno de nosotros. La idea del embarazo sólo me venía a la cabeza cuando me pasaban algún porro o le daba un sorbo a la cerveza. Así no me va a bajar la regla en la vida-me reprendí. Lo que sí me sobresaltó fue la inesperada llamada de una de mis hermanas. Habían ingresado a mi madre de urgencia con una arritmia cardíaca.

En el hospital nos reunimos mis tres hermanos, mi padre y yo, la chica. Mamá estaba en la UCI, pero estable. En unos días le pondrían un marcapasos que la ayudara a caminar con el mismo ritmo por la vida, llena de vida. El fin de semana pasado, cuando ocurrió todo, me sentí extraña. Extrañamente gozosa. Mi madre estaba bien, estábamos todos bien, todos estábamos unidos. Quizás hubiera debido estar más preocupada por mi madre, pero no lo estaba. De alguna manera sabía que todo iba a ir bien.

El domingo me compré un predictor en la farmacia. Así se callaría ya mi Pepito Grillo. Lo utilicé con desgana, sinceramente. Ni me molesté en mojarlo como era debido. Apareció la raya rosa de control perfectamente coloreada y una nebulosa de color. Las instrucciones lo dejaban claro. La raya de control debe de aparecer y si estás embarazada, se podrá ver una segunda línea rosa. Pero yo no veía línea rosa, sino nebulosa rosa. Claro, que tampoco lo había usado como era debido. Seguía en el mismo punto que al principio. Mi madre estaba bien, me iba de fiesta en dos semanas, quería tener hijos y no hacía más que preocuparme estúpidamente por un embarazo psicológico.

No me quedó más remedio que comprar otro predictor. Esta vez lo hice tal como venía en las instrucciones. Entonces aparecieron ante mi perfectamente dibujadas dos líneas, rojas, paralelas, inmutables. Para mí no fue ninguna sorpresa darme cuenta –por fin- de que me había quedado embarazada a la primera.