Últimamente me estoy haciendo de rogar en esto de escribir. No tiene nada que ver con la esterilidad creativa, sino más bien con la escasez de tiempo para poner sobre el teclado las ideas que me vienen a la cabeza, que son muchas. El calor aprieta en Sevilla con la misma fuerza que mi agenda de eventos veraniegos. Hay muchos planes, Portugal, Fuerteventura, Almería, Zahara y más Portugal. El plan Z -como siempre- es ir un par de días a estar con la familia en Punta Umbría. Aunque he reflexionado, y me parece injusto –e incluso prejuicioso- catalogar a la playa onubense en la que tanto me he bañado como un infierno. Punta Umbría, engañando un poco a los sentidos, puede convertirse en la Ibiza del sur.
Me preguntaba Pepa el otro día si había ligado en Punta. Yo le comenté que aún no, y era sábado por la tarde. Pues vas a tener que darte prisa, me dijo ella, sin saber cuánta razón había en sus palabras. Los gays –o algunos, por no generalizar- desplegamos una serie de mecanismos de socialización sexual sorprendentes a la par que escandalosos para más de uno/a. Pepa no sabía que yo contaba con la baza del cruising. Cruising es practicar sexo en lugares no destinados para tal fin. Lo cual llamar de forma nueva a algo muy antiguo, el clásico aquí-te-pillo-aquí-te-mato. La innovación se encuentra en la existencia de lugares en los que, de forma premeditada, se acude a buscar alivio (no espiritual, precisamente). Estoy leyendo un libro, Homografías, en el que los autores afirman -con mucha razón- que gran parte de la historia de la homosexualidad se ha escrito en los urinarios de las estaciones, centros comerciales y un largísimo etcétera de sitios donde sólo los que saben entender, entienden su verdadero significado. Juro que no dan lecciones para aprenderlo. Un día, sin más, te das cuenta de que aquí se liga.
Una parte de la playa de Punta Umbría está dedicada al cruising. Antes de llegar al pueblo, por la antigua carretera, queda aún un trozo de playa al que se accede pasando por un pinar, el antiguo kilómetro 14. Dunas, pinos, romeros, serpenteantes senderos y, finalmente, el mar. Pero entre el mar y la carretera hay muchas historias de amor de diez minutos que han sido escritas. La dinámica es bien sencilla, un paseo, un vistazo, un acercamiento, un alivio. Lo que allí se ve y se siente es difícilmente explicable. Digamos que cada uno lo hace como puede, y los hay realmente explícitos. Son reseñables los caballeros de cierta edad, que dejaron la vergüenza atrás, convencidos ya de que con ella no se folla, y que anuncian desde lejos todo lo que pueden ofrecer.
La playa está ahora bastante más concurrida que hace años. Pandillas de chicos con las respectivas mariliendres, señores maduros de moreno integral, jóvenes matrimonios con hijos, en fin, un ambiente curioso. Con una simple pulsación al iPod y entornando los ojos y te sientes transportado a otro lugar. Así paso las tardes de los sábados, fumando tranquilamente en la toalla, comprendiendo por qué el beach house se escucha mejor en la playa y con el gusanillo de que la próxima excursión a las dunas dé sus esperados frutos.
Y es que en el placentero sopor que me va llenando me hace pensar en que llevo toda una vida haciendo esto del cruising. Abro por un momento los ojos y veo como un joven de unos veinte años se pasea por la orilla nervioso, mirándonos a todos de reojo. Hace no tanto era yo el que miraba hacia las dunas, y ahora estoy aquí, convencido de lo a gusto que estoy y deseándole al chico que encuentre la forma de borrar ese odioso gesto que revela su malestar interior, pensando que está haciendo algo malo. Me doy la vuelta y veo un grupo de cuatro chicas. Una de ella está en la toalla a cuatro patas tratando de coger algo de la bolsa de playa. Tiene un bronceado dorado y una piel que incita a la caricia. Sus pechos caen como dos pequeños melones amarillos, y se me antojan dulces, como los de la variedad cantaloupe. Vuelvo a cerrar los ojos y me dejo llevar por la música.