RETÓRICA ENMASCARANDO UN DISCURSO
DISCURSO CON RETÓRICA
RETÓRICA CON VERDADES
VERDADES RETÓRICAS
¿RETÓRICA?
¡VERDADES!
Pero nada de esto sería un problema si no nos relacionáramos con otras personas. El grupo es más que la suma de las personas que lo integran. No lo digo yo, sino Kurt Lewin, el padre de la Dinámica de Grupos. Esta disciplina afirma que los pequeños grupos se encuentran en constante evolución, y que las interacciones entre sus miembros constituyen un campo de fuerza social. A través de la Dinámica de Grupos es posible conocer mejor el funcionamiento del mismo, descubrir problemas y encontrar soluciones.
Me parece que vamos a tener que echar mano de la Dinámica de Grupos. El nuestro es bastante heterogéneo. Ya que siempre hablo de sus integrantes por separado, creo que va siendo el momento de presentarlos a todos:
El Asturiano, un hombre de pocas palabras y mucho estilo
La Intérprete (de lengua de signos), que es capaz de hablar con la boca y con las manos
El Profesor de Educación Física, que prefiere jugar al golf por internet
La Orientadora, que parece que ya ha encontrado el camino después de darse cuenta de que estaba embarazada
El Deportista Olímpico, que realmente ha participado en unas Olimpiadas
Pepita, la artista del grupo
La Psiquiatra, que está harta de tratar a personas agitadas
El Jefe de Estudios, que sabe siempre ver el lado positivo de las cosas
Un líder espiritual del cual no puedo decir nada, pues me lo ha prohibido expresamente
Éste es el núcleo más duro del grupo, aunque muchas veces hay diferentes composiciones en función de la actividad que realizamos. Sin ir más lejos, este sábado sólo se apuntó a pegarse una fiestecita Pepita. También hay otros integrantes ocasionales, como el Chico Guapo, la Señora de las Bestias o el Perito. Pero volvamos al tema. Hablar. En un grupo de tantas personas es casi inevitable que unos opinen de los otros. No creo que esté mal tener una opinión. Pero, ¿dónde termina la opinión y dónde empieza el cotilleo? ¿Es necesario decir todo lo que se piensa de los demás? ¿Es posible seguir siendo un grupo cohesionado cuando no todos sus integrantes se llevan igual de bien?
Éstas y otras cosas me planteo ahora, cuando ha ocurrido lo inevitable: fulana le dijo a mengana que zutana había comentado cómo era. Después de la transmisión de tan delicado mensaje llegó la inevitable respuesta. La gota que colmó el vaso. Se rompió la tarjeta del hasta aquí puedo leer. Aquí no se dejó de leer nada, y la aludida no tardó –junto con su pareja- en establecer una invisible línea divisoria. La línea que separa el nosotros del vosotros. La cadena se rompió por el eslabón más frágil. O quizás los extremos tiraron demasiado. Lo que nunca debe ocurrir en un grupo ha ocurrido en el nuestro.
No es broma, estamos todos con las carnes abiertas. Llevamos dos días de dimes y diretes. Los del grupo de los nosotros y los del de los vosotros. Y los que no están en ninguno, los que nos llaman ellos. Por un momento ya no somos un todo, sino un conjunto de partes que ya no suman lo mismo.
Yo, por supuesto, estoy en el grupo del vosotros, los que critican. No lo niego, de nuevo. Hablo de la gente. No puedo negarlo. Pero no sólo yo lo hago, en realidad todos lo hacemos. Aunque el grupo es un todo superior a sus partes, no puede haber grupo si no hay relaciones dos a dos. Unas relaciones íntimas en las que –de forma inevitable- se opina de un tercero. ¿Es posible establecer una línea divisoria en la que todos se sientan a gusto? ¿Una línea que no nos deje a todos en una posición políticamente correcta?
Ni fulanas, ni menganas ni zutanas. Sólo dos chicas lindas a la luz del flexo
Hay quien opina que, una vez que has llegado a una edad, es difícil aprender cosas nuevas. En palabras de mi padre, loro viejo no aprende a hablar. Yo, por ahora, me resisto a aceptar esa máxima. Y es por puro instinto de supervivencia. Soy consciente de que si me dejo llevar por mis manías y defectos, terminaré siendo un viejo cascarrabias rodeado de gatos, que cualquier día me devorarán, y ese será el triste recuerdo que dejaré en este mundo. Por eso, y porque me recorre una extraña y placentera sensación cuando miro atrás y pienso madre de Dios, cómo era yo hace cinco años. Es una sensación a medias entre el miedo por lo que hubiera ocurrido de seguir así y la maravilla de ver a uno –a través de un inexplicable y mágico proceso de cambio- diferente, mejor.
Aún hay cosas que cambiar en mí. ¡Tantas! En cuanto a mi relación con los hombres, un puñado. Especialmente, la timidez. Si, la timidez. Uno dice que es tímido para eso de ligar y la gente, literalmente, se mea de la risa. ¿Tú, tímido?, me dicen entre risas. ¡Pero si tú eres de lo más divertido!. Claro, es fácil ser extrovertido y guasón cuando no se está expuesto. Cuando alguien me gusta, cuando voy a un bar de ambiente, cuando percibo que de alguna manera alguien se está fijando en mí, yo me cago. Ya no es como antes, que era mucho peor. Recuerdo –ahora con gracia- mis primeras andanzas por la playa de Punta o por el Itaca, cuando uno de mis principales miedos era que el tío que estaba delante no se percatara del castañear de mis dientes. No es broma, un terror erótico recorría –y aún recorre- mi cuerpo en el estrecho margen de tiempo que va desde la última mirada hasta el primer contacto. Es un pequeño lapso de tiempo que se eterniza, mientras dudas si realmente has ligado realmenteo no.
Es algo que me suele pasar aunque la edad me ha hecho casi desechar el miedo y, en cambio, disfrutar de la excitación del momento. Aprovechar el momento, de eso hablaba precisamente con Chiqui el otro día. Aunque no nos conocemos mucho, ya me ha dado algún que otro chiquiconsejo. Es la opinión de quien sabe bien de lo que habla, sobre estas cosas de ir mejorando día a día un poco más, no por hacernos santas, sino por disfrutar más de los dos días que nos quedan en el convento. El caso es que Chiqui me decía que con los tíos hay que lanzarse más, no amilanarse. El no ya lo tienes me argumentaba. Y es muy cierto, con las vergüenzas y las timideces no se liga mucho.
Este fin de semana he puesto en práctica los chiquiconsejos. Y es verdad, con un poco de descaro se conoce a gente, aunque aún he de perfeccionar mucho mi técnica. Me explico. El sábado conocí en la playa –en ese glorioso kilómetro 14- a un chico de cuarenta años por los que yo firmaría en este momento. Y me atreví a decirle de todo. Empecé por un expresar mi grata sorpresa al conoerlo en la intimidad. Hace tiempo que no tocaba un cuerpo tan duro- tuve que susurrarle mientras mis manos se pasaban por su trasero de mármol. A continuación, seguí con una amenaza:te voy a comer entero, no voy a dejar de ti ni los huesos, que pareció divertirle mucho. Cumplí mi amenaza, pero cuando hube roído el último hueso de su cuerpo perfecto no tuve el coraje de pedirle el teléfono. Necesito unas cuantas lecciones más de Chiqui.
- Es curioso lo apelmazada que parece el azúcar - me pregunté al remover la primera cucharada en el caféMi vida es como una gran galleta que me como a bocaditos o a dentelladas