Una de mis últimas adicciones es el spinning, eso de sudar a chorros encima de una bicicleta anclada al suelo mientras que el monitor o monitora de turno te berrea al son de una música infernal, mientras que también suda y pedalea. El caso es que no pasa ni un lunes ni un miércoles que yo no me baje al gimnasio para que la Mari –así se llama la que ejerce tal tortura en mi gimnasio- nos chille desde lo alto de su sillín, y válgame Dios si lo hace. La música con la que nos hace rodar no puede ser peor, a saber: éxitos de toda la vida del más infame breakbeat, temas cantaditos de los de no lo querer acordarse y las consabidas versiones dance de canciones que ya son odiosas en su versión original. Una de ellas es el ¿Quién me lo iba a decir del ruiseñor de rizos de oro de la canción española, David Bisbal. Aunque me queje de la música, no puedo negar que he asociado parte del placer mientras sufro encima de la máquina con las canciones que la monitora nos pincha. No cabe lugar a dudas, el hombre es un animal de costumbres. El otro día le dio por cambiar el CD y toda la clase la abucheó hasta que ella volvió a ponernos la retahíla de siempre. Quién me iba a decir a mi que disfrutaría escuchando los últimos acordes de una canción, sintiendo el placer de quién sabe el tema que viene a continuación.
Desde luego, nadie me dijo que me llamarían para sustituir a un profesor en un instituto como en el que he empezado a trabajar hace un par de días. Horario de tarde, alumnos que estudian fotografía y producción de espectáculos, ni un sándwich de Nocilla pegado en la pared, como la última sustitución que hice. Estos días igual que parece que el invierno entra, los aires cambian para mí. Doble trabajo y de nuevo hacer de profe, ordenar al revés mi vida y quedarme sin la clase de spinning de la Mari por las tardes. Pero que no cunda el pánico, las cambiaré por las del mediodía.
Aunque todo esto comenzó antes. Antes de que me llamaran para dar clase y que tuviera que abandonar la tortura nocturna en bicicleta llamé yo al Deportista Olímpico para intentar solucionar nuestro problema de dimes y diretes. Reconozco que no fui sino con la intención de certificar el punto y final de nuestra relación. ¿Quién me iba a decir a mi que terminaría sintiéndome culpable cuando una lágrima asomó por mi ojo al escuchar su declaración de amistad? Pues sí, la verdad que todo este asunto ha tomado un aire distinto. La clave está en tener la capacidad de ponerse en el pellejo de los demás. Cambio de aires, más cálidos, aunque sigan siendo algo difíciles.