24 de octubre de 2007

Cambio de aires (¿quién me lo iba a decir?)

Una de mis últimas adicciones es el spinning, eso de sudar a chorros encima de una bicicleta anclada al suelo mientras que el monitor o monitora de turno te berrea al son de una música infernal, mientras que también suda y pedalea. El caso es que no pasa ni un lunes ni un miércoles que yo no me baje al gimnasio para que la Mari –así se llama la que ejerce tal tortura en mi gimnasio- nos chille desde lo alto de su sillín, y válgame Dios si lo hace. La música con la que nos hace rodar no puede ser peor, a saber: éxitos de toda la vida del más infame breakbeat, temas cantaditos de los de no lo querer acordarse y las consabidas versiones dance de canciones que ya son odiosas en su versión original. Una de ellas es el ¿Quién me lo iba a decir del ruiseñor de rizos de oro de la canción española, David Bisbal. Aunque me queje de la música, no puedo negar que he asociado parte del placer mientras sufro encima de la máquina con las canciones que la monitora nos pincha. No cabe lugar a dudas, el hombre es un animal de costumbres. El otro día le dio por cambiar el CD y toda la clase la abucheó hasta que ella volvió a ponernos la retahíla de siempre. Quién me iba a decir a mi que disfrutaría escuchando los últimos acordes de una canción, sintiendo el placer de quién sabe el tema que viene a continuación.

Desde luego, nadie me dijo que me llamarían para sustituir a un profesor en un instituto como en el que he empezado a trabajar hace un par de días. Horario de tarde, alumnos que estudian fotografía y producción de espectáculos, ni un sándwich de Nocilla pegado en la pared, como la última sustitución que hice. Estos días igual que parece que el invierno entra, los aires cambian para mí. Doble trabajo y de nuevo hacer de profe, ordenar al revés mi vida y quedarme sin la clase de spinning de la Mari por las tardes. Pero que no cunda el pánico, las cambiaré por las del mediodía.

Aunque todo esto comenzó antes. Antes de que me llamaran para dar clase y que tuviera que abandonar la tortura nocturna en bicicleta llamé yo al Deportista Olímpico para intentar solucionar nuestro problema de dimes y diretes. Reconozco que no fui sino con la intención de certificar el punto y final de nuestra relación. ¿Quién me iba a decir a mi que terminaría sintiéndome culpable cuando una lágrima asomó por mi ojo al escuchar su declaración de amistad? Pues sí, la verdad que todo este asunto ha tomado un aire distinto. La clave está en tener la capacidad de ponerse en el pellejo de los demás. Cambio de aires, más cálidos, aunque sigan siendo algo difíciles.

16 de octubre de 2007

Combatir la personafobia

No es mía la expresión, sino de Alevosa. Aunque me viene al pelo un lunes como el de hoy, después de celebrar mi 33 cumpleaños el jueves y tomarme el sábado unas tapas con la autora del término. Unas tapas de las que se alargan, me refiero. El caso es que ayer me levanté con el estómago a la altura de la boca, y no lamentándome precisamente de haber tomado tapas de más. Ayer pasé un domingo pasando la resaca. Y sin ganas de ver o saber de nadie. Personafóbico.

La personafobia no tiene por qué ser negativa. Hay muchos domingos pasan en el sofá, tan ricamente, entre sueños y picoteos, a la nevera y al mando de la tele. Picando en internet y en el la programación por cable. Pero hay otros domingos en los que lo único que quiero es que se me pase el dolor de cabeza.

Para esos domingos nada mejor que pensar en algo imaginativo que quite de la cabeza la extraña sensación. Así que a eso de las cinco de la tarde –una vez que me di cuenta de que mis males no lo solucionaría más sueño- me eché a la calle a hacer un poco de visita turística por la Sevilla más típicamente sevillana. Un poco de Parque de María Luisa, lleno de gente que no tenía aspecto de haber salido el día anterior. Un paseo por la Plaza de España, esa gran obra neorenancentista de Aníbal González –y pensar que yo estudié con una de sus nietas-. Pero no todo iba a ser de color de rosa. Mientras caminaba por debajo del pórtico que rodea la plaza y admiraba el artesonado del techo me percaté de que alguien seguía mis pasos. Cincuenta años, pelo blanco, gafas, mirada anodina,…un viejo salido. De los que no te dejan aunque te vayas a otro lado. Después de caminar por debajo del pórtico, admirar el artesonado del techo, comprobar que no habían llenado el canal de agua y felicitarme por la restauración de los bancos de cada una de las provincias del país, entonces fue cuando él se acercó, y mi personafobia se lo comió.

Perdona, ¿eres de aquí?

No soy de aquí, ¡¡¡¿¿¿y quiere dejarme usted tranquilo???!!!

Vale, vale, vale….

7 de octubre de 2007

Paraguas


Escribir en papel mis pensamientos me resulta extraño a estas alturas, tan acostumbrado como estoy al golpe el la tecla y el click del ratón. Y es que, aunque la tecnología ya exista, no es tanto mi poderío o las ganas como para traerme el portátil al aeropuerto para colgar sobre la marcha lo que me pasa por la cabeza antes de salir volando -nunca mejor dicho- a Barcelona. Además, encuentro cierto romanticismo en la escritura de toda la vida, de puño y letra, incluso aunque lo haga sobre un cuaderno hortera y rabiosamente mariquita de barrio. Me voy a Barcelona a ver a amigos.

Los amigos, algo que en el fondo siempre me ha atormentado y que no he dejado de plantearme en mi vida. Para los que no nos hemos criado en una familia de esas de las de mamá gallina con su tropel de polluelos, esas familias en las que siempre hay un tío que cuenta unos chistes buenísimos, que se reune para celebrar los cumpleaños, que en Navidades siempre montan un sarao... Para los que han vivido en una familia como la mía y además no tienen pareja, sus amigos son casi como la familia.


En una sociedad que gira alrededor de la pareja, la amistad es un concepto muchas veces de segundo orden, especialmente al hacernos mayores. Para mi, en cambio, tiene un significado principal. Quizás un día tenga pareja y cambie de opinión, no digo que no. De hecho, suelo bromear con el tema. Buscadme un novio y no volveréis a verme en la calle, suelo decir. Igual que los amantes, cada amigo es diferente. Mi relación con cada uno de ellos es particular, incluso radicalmente distinta. Pero aunque exista la diversidad, siempre es necesario encontrar un criterio de clasificación. Uno que separe a los amigos de verdad de los que no lo son.


Ciertamente, hacer dos listas e ir escribiendo nombres a cada lado -el de los amigos y el de los que no lo son- puede resultar un ejercicio mental embarazoso y comprometedor, especialmente si nos toca escribir un nombre en la lista equivocada. Hacer clasificaciones es siempre hacer simplificaciones. Aunque cuando se simplifica, se entidende todo mucho mejor.
Nunca me he dedicado a hacer esas dos listas, me resultaría demasiado sangrante. Si bien es cierto que mis amistades son todas diferentes, únicas e irrepetibles, también lo es que estoy seguro de lo que comparto con las personas que siento más cercanas. Es un sentimiento -hasta cierto punto inexplicable- de bienestar cuando la otra persona está a mi lado. Saber que compartes ese algo especial que hace cada relación diferente. Sentirse seguro en el otro, como debajo de un paraguas.

Paraguas. Antes de coger el avión he ido a uno de los múltiples todo a cien al lado de mi casa a comprarme un paraguas. Por alguna extraña razón no encuentro ninguno de los miles de paraguas que ocupaban los cajones de mi casa. Voy a llegar a una Barcelona pasada por agua, pero ningún chaparrón me va a fastidiar mis jornadas culturetas y de compras compulsivas. Me he decidido por un pequeño paraguas plegable de un color rosa chillón, ante la impasible mirada del oriental dueño de la tienda. Es de ese rosa que casi se puede oler y que sabe a chicle de fresa. Llevo varios días triste con las cosas que me pasan con mis amigos. Por eso me he comprado un paraguas rosa que me alegre cuando caen chuzos de punta.