La respuesta a la pregunta del test estaba clara, y casi ningún alumno la falló. Consumismo es un consumo desmedido de bienes y servicios, no relacionados con necesidades reales. Porque, además de profesor de economía, a servidor le gusta enseñar algún que otro valor a los chavales. Aunque después no se enteren de mucho.
El fin de semana se me ha planteado complicado de planes, planes consumistas principalmente. La alternativa al consumo era irme con la pandilla a la sierra de Huelva, a consumir chorizos y fabada principalmente, a hablar, jugar a juegos de mesa, hablar más y jugar a más juegos de mesa. Y comer. Ciertamente un plan atractivo, más aún teniendo en cuenta que Alevosa vendría. Una buena forma de encontrar pareja con la que consumir los ratos de soltería. Pero, sorprendentemente, para alguien que entre semana no para de ir de un lado a otro, alguien como yo en estos momentos, lo último que me apetecía era consumir el fin de semana en la sierra.
Mi primer consumo, el sábado, fue precisamente del que prevengo a mis alumnos. Llamé a mi hermana y le propuse un plan que sabía que no rechazaría: una mañana de compras en el Factory. No me equivoqué. La visa salió y entró de la cartera en muchas más ocasiones de las que debería haberlo hecho, pero yo estaba contento. Al final va a ser verdad eso que cuento a los alumnos sobre lo perverso del sistema capitalista, un sistema económico que nos hace desear consumir siempre más. De hecho, y en el sentido más estricto, no necesitaba nada de lo que me compré. Además, el último par de zapatos ya no cabe en el cajón. Pero por supuesto, salí del centro comercial con la tranquilidad del que por fin tiene algo que ponerse. Por la noche seguí consumiendo, esta vez marisco. Unos amigos a los que hacía tiempo no veía me invitaron a cenar. Como no te regalamos nada por tu cumpleaños, éste es tu regalo. Ante mi aparecieron tres cajas rebosantes de langostinos tigre, gambones y otras exquisiteces. Salí de casa de mis amigos con el estómago lleno, el ácido úrico por las nubes y sin echar de menos la carne que me estaba perdiendo en la sierra.
Terminando de cenar, me llamaron otros amigos, para tomar una copa. Como uno de mis objetivos este fin de semana era el de conocer a alguien –no necesariamente interesante, pero que imprescindiblemente estuviera bueno- tampoco lo dudé. Pero fue aquí donde el consumo se volvió realmente desmesurado y la situación se me fue de las manos. Terminé consumiendo la noche y parte de la mañana. Cuando salí del último sitio, fue como el fogonazo del que entra –o sale- en un OVNI. Fuera del after quedaban los restos consumidos de los consumidores nocturnos. Como pude, cogí un taxi. ¿Quieres un caramelo? me ofreció el taxista. Ante tal ofrecimiento, no pude sino lanzarme al consumo. Pronto lo lamenté. Era incapaz de consumir el caramelo solano que el amable taxista me había ofrecido. Se me había quedado pegado entre la lengua y el paladar. Disimuladamente –con todo el disimulo que puede tener una persona a esa hora y en ese estado- me saqué el caramelo y deslicé mi mano hacia el bolsillo de la chaqueta. Me di cuenta entonces de dónde se había metido la maldita consumición de la discoteca, que no había consumido.