27 de noviembre de 2007

Consumismo


La respuesta a la pregunta del test estaba clara, y casi ningún alumno la falló. Consumismo es un consumo desmedido de bienes y servicios, no relacionados con necesidades reales. Porque, además de profesor de economía, a servidor le gusta enseñar algún que otro valor a los chavales. Aunque después no se enteren de mucho.

El fin de semana se me ha planteado complicado de planes, planes consumistas principalmente. La alternativa al consumo era irme con la pandilla a la sierra de Huelva, a consumir chorizos y fabada principalmente, a hablar, jugar a juegos de mesa, hablar más y jugar a más juegos de mesa. Y comer. Ciertamente un plan atractivo, más aún teniendo en cuenta que Alevosa vendría. Una buena forma de encontrar pareja con la que consumir los ratos de soltería. Pero, sorprendentemente, para alguien que entre semana no para de ir de un lado a otro, alguien como yo en estos momentos, lo último que me apetecía era consumir el fin de semana en la sierra.

Mi primer consumo, el sábado, fue precisamente del que prevengo a mis alumnos. Llamé a mi hermana y le propuse un plan que sabía que no rechazaría: una mañana de compras en el Factory. No me equivoqué. La visa salió y entró de la cartera en muchas más ocasiones de las que debería haberlo hecho, pero yo estaba contento. Al final va a ser verdad eso que cuento a los alumnos sobre lo perverso del sistema capitalista, un sistema económico que nos hace desear consumir siempre más. De hecho, y en el sentido más estricto, no necesitaba nada de lo que me compré. Además, el último par de zapatos ya no cabe en el cajón. Pero por supuesto, salí del centro comercial con la tranquilidad del que por fin tiene algo que ponerse. Por la noche seguí consumiendo, esta vez marisco. Unos amigos a los que hacía tiempo no veía me invitaron a cenar. Como no te regalamos nada por tu cumpleaños, éste es tu regalo. Ante mi aparecieron tres cajas rebosantes de langostinos tigre, gambones y otras exquisiteces. Salí de casa de mis amigos con el estómago lleno, el ácido úrico por las nubes y sin echar de menos la carne que me estaba perdiendo en la sierra.

Terminando de cenar, me llamaron otros amigos, para tomar una copa. Como uno de mis objetivos este fin de semana era el de conocer a alguien –no necesariamente interesante, pero que imprescindiblemente estuviera bueno- tampoco lo dudé. Pero fue aquí donde el consumo se volvió realmente desmesurado y la situación se me fue de las manos. Terminé consumiendo la noche y parte de la mañana. Cuando salí del último sitio, fue como el fogonazo del que entra –o sale- en un OVNI. Fuera del after quedaban los restos consumidos de los consumidores nocturnos. Como pude, cogí un taxi. ¿Quieres un caramelo? me ofreció el taxista. Ante tal ofrecimiento, no pude sino lanzarme al consumo. Pronto lo lamenté. Era incapaz de consumir el caramelo solano que el amable taxista me había ofrecido. Se me había quedado pegado entre la lengua y el paladar. Disimuladamente –con todo el disimulo que puede tener una persona a esa hora y en ese estado- me saqué el caramelo y deslicé mi mano hacia el bolsillo de la chaqueta. Me di cuenta entonces de dónde se había metido la maldita consumición de la discoteca, que no había consumido.



Foto: Pepito

21 de noviembre de 2007

1923


Sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena me dijo el policía. En ese momento pensé en llamarle impertinente. Pero por mi propio bien, me callé. Pero dejemos el final para el final.

Ayer llovió en Sevilla lo que no ha llovido en meses. Salí de casa con el tiempo justo para llegar a la actuación de teatro –esa obra infantil en la que mis amigos se han reído como niños de mí-. Al salir de casa, empezaba a caer agua, pero cuando llevaba diez minutos conduciendo parecía que alguien encima del coche tiraba cubos. Además, los cristales de mi coche están hechos de algún tipo de extraño material que hace que se empañen de forma que es imposible ver nada cuando llueve. Y sí, he intentado lo del aire acondicionado, pero no funciona (el aire, me refiero). Aunque no era eso lo único que me preocupaba. Me había encontrado el coche abierto y se habían llevado los papeles. Los papeles del coche. El seguro, la no sé qué y el no sé cuántos.

La actuación fue bien, pero después de una cerveza y un par de copas de vino me fui directo a la comisaría más cercana pensando en todos los trámites que me quedaban por delante. Parece mentira, pero últimamente no hago más que ir de mostrador en mostrador. Cambiando de centro médico y renovando el DNI. Se me pasó el número y aún no lo he hecho. Solicitando la firma digital y haciendo el cambio de titular de una moto. Como no tenía el DNI no pude retirar la firma digital, y cuando fui a hacer el cambio de la moto dejé en casa el DNI de quien me la ha dado. Y encima olvidé en Tráfico mi carné, que estaba caducado.

Al policía no le iba a contar mi periplo por las Administraciones Públicas durante las últimas semanas, pero esperaba que me facilitara más las cosas (y que no se le pasara por la cabeza preguntarme por lo que llevaba en los bolsillos). Pero el agente no estaba por la labor de hacerlo más fácil. Sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena. Si usted no es el titular del vehículo, no puede hacer una denuncia. Debería haber cambiado el titular del coche si es de su padre. Yo entiendo que su padre es una persona mayor, pero ha de venir a la comisaría, y deberá personarse en la ITV para tramitar una nueva tarjeta técnica y en Tráfico para una nueva licencia de circulación. El funcionario no entendía que mi padre tiene ochenta y cuatro años y que no está para poner denuncias porque a su hijo le han robado en el coche –que aún no ha cambiado a su nombre-.

Finalmente, el funcionario se ablandó. Tome usted este teléfono, me dijo mientras garabateaba unos números en un trozo de papel. Llame usted como si fuera su padre y haga la denuncia telefónica. Mañana viene usted con su padre y lo único que tiene que hacer es firmarla, es lo único que puede decirle.

Ante esa invitación a la suplantación de personalidad, hace un rato he cogido el teléfono y he llamado a la policía. La conversación con la policía –porque era una mujer policía, correcta, seca, casi marcial- ha aumentado la tensión que ya llevo por ir conduciendo sin papeles.

¿Cuál es su fecha de nacimiento? Seis de julio de mil novecientos veintitrés. ¿Mil novecientos veintitrés? Sí. Tiene usted la voz muy joven. Ja, ja…….ja. Ha sido todo lo que he podido contestar.

20 de noviembre de 2007

(Des)cambiar


Llueve. Parece que por fin la estación ha cambiado, es lo que tocaba, por otra parte. Yo, sin embargo, no cambio, me gustaría que todo siguiera igual, aunque me temo que no es posible. Sigo intentando ligar con chicos heterosexuales, el último, el cuco de Kike. He vuelto a los afterhours, algo que me prometí no hacer. Aunque también hay cambios en mi vida. Me he cambiado de centro médico, a uno más cerca de mi casa. Y he (des)cambiado un par de cosas en el Pull & Bear que me quedaban chicas. Cambio de prendas pero no de tiendas.

Y es que esta vez algunos cambios me han pillado desprevenido. El nacimiento de los nuevos integrantes de la pandilla está al caer –sobre enero vendrá el primero- y el invierno hace que todos nos metamos en nuestras casa un poco más. Yo me incluyo. El sábado rechacé una oferta para ir al concierto de los estupendos Dorian. Me pregunto cuándo cambiarán los grupos de música electrónica españoles y se decidirán a incluir vocalistas con voces más potentes. Al final de la noche, fue otro el que rechazó mi oferta de pasar un rato íntimo. Estoy demasiado borracho para follar me dijo. ¡¿Y yo?!, pensé sin decirle nada mientras me alejaba. Por lo visto no han cambiado mucho las cosas. Pero algo debe cambiar para que todo siga igual. La cuestión es qué.

7 de noviembre de 2007

KEKUKOKIKE


Cambia de aires en el blog, me decía el mensaje del móvil hace un rato. Por muy cansado o liado que esté, me he visto obligado a escribir mientras las patatas del aliño de ídem se cuecen en un cazo a mis espaldas.

Todo tiene una explicación, el ritmo de vida que llevo últimamente. Lo de dar clases en el instituto es muy bonito, sí, pero no dejar mi anterior trabajo, ni la tortura del spinning de la Mari y estar a punto de estrenar una obra de teatro han hecho que no tenga ni un momento libre.

Y es que lo de dar clases a niños tan mayores tiene su aquel. No tienen nada que ver con los últimos que tuve, que eran unos auténticos becerros. Éstos están hasta interesados en las clases, aunque hay algún que otro chaval bastante cuco. Tan cuco como para venir a clase con los ojos inyectados en sangre y mirarme muy pero que muy fijamente. Supongo que el señor a quien sustituyo –de unos sesenta años- nunca se plantearía que algunos de sus alumnos viene bastante fumado a clase. Cucos y guapos, muy guapos. El otro día, antes del puente, me despedí de los alumnos recomendándoles que no tomaran muchos estupefacientes el fin de semana. Risotadas generalizadas y todas las miradas dirigidas hacia el de los ojos rojos. Y es que esta juventud que tanto me gusta no es sólo insolente y desenfadada, sino cuca, muy cuca.

Me gustaría que me hubieran visto el miércoles pasado disfrazado en el loft de Ernesto. Comencé el puente con el firme propósito de no salir por la noche y mucho menos trasnochar y ni pensar en que me dieran las claras. No tuvo que pasar ni el jueves para que me tuviera que tragar mis palabras. Hacía años que no me disfrazaba y mi intención era la de ponerme el disfraz de palomita de maíz, metido junto con mi amiga Cristina –la otra palomita- en una gran bolsa de palomitas. Tomarme una copa vestido de palomita e irme a casa volando cual palomita. Pero no contaba con que la juventud cuca que tanto me gusta también aparece por las fiestas de disfraces de los mayores.

Kike apareció por la fiesta disfrazado de él mismo. Pantalones anchos de talle bajo, camiseta, chaqueta con capucha y gorra. Ni yo le hubiera encontrado un traje mejor. Después de la primera copa vino la segunda. A la tercera, me quité el traje de palomita definitivamente. Kike me contaba que estaba estudiando en Umbrete. ¡Umbrete! Cuando yo tenía su edad, Umbrete era donde estudiaban los chicos más cucos, esos que siempre suspendían, fumaban porros y eran guapísimos. Y es que Kike es de esos chicos de los que son malos pero sólo en apariencia. Y se deja querer, vaya que si se deja querer. Durante lo que duró la fiesta comprobé que a más de a uno nos gustaba Kike –proposición de trío incluida- y que no drogarse es lo peor que puede hacer uno si está caliente. Cuando Kike dijo que nos fueramos al after, a tomarnos una copa, mientras yo me tomaba la cuarta, lo tuve claro: me iría a casa más caliente de lo que salí por culpa de esta juventud tan cuca.

Este sábado Jomi pincha en Aduana. Espero que vengan chicos cucos, como Kike.