Es lo que dicen de estas fechas, ¿no?, tiempo de buenas voluntades y pequeños milagros. No para mi, desde luego. Creo recordar que el año pasado me comparé en estas fechas tan señaladas con el protagonista de Cuentos de Navidad, un viejo gruñón al que visitan fantasmas para que cambie su agrio carácter al menos durante las fiestas. Este año he sido yo el fantasma del futuro, y el papel protagonista se lo ha llevado mi sobrina de catorce años. En vez de llevarla volando al mismo día de su funeral para que se viera sola en su entierro, como dice el cuento, me senté a su lado y despacio, con voz pausada y ritmo intencionado, le expuse las consecuencias de continuar con la dinámica de sacar cinco cates en la primera evaluación. Ella no pudo resistirse a la terrorífica historia y cuando le pedí –con dulzura y amabilidad- que me mirara a los ojos, rompió a llorar. Ahora sólo falta esperar el milagro de remontar el curso. Aunque el verdadero milagro fue que no me pusiera a llorar yo también a moco tendido tras ver el efecto de mis palabras.
Milagrosa no, pero sí deliciosa fue la tarde que pasé ayer con Alevosa, porque a veces los planes son mejores cuando no son planes. Cervezas, tapas y consumismo navideño. Milagrosamente, ella no encontró ningún objeto de deseo digno de su consumo. Aunque me consta que horas más tarde, el milagro navideño se hizo en ella. Yo, como es habitual, sí que encontré algo que comprar. Un jersey que evidentemente no necesito pero que me he regalado, a falta de gusto en mi familia a la hora de hacer regalos. Estoy por envolverlo y dejarlo en una esquina para encontrarlo –como si de un milagro se tratara- la mañana del seis de enero, probablemente cuando vuelva de salir.
Estos días de excesos gastronómicos estoy agradeciendo el castigo semanal del spinning. No es normal mi forma de engullir. El viernes organicé en casa una reunión con la excusa de probar mis albóndigas. Aunque no estaban todos los que somos –de nuevo, un milagro que no se hizo- lo pasamos bien. Tan bien que cuando todo el mundo se fue, después de comer albóndigas, arroz, chorizo, pasteles y un largo etcétera, me comí dos perritos calientes. Hoy, cuando me he levantado, me he ido corriendo a correr. Será un milagro si no vuelvo a echar barriga después de todo lo que estoy comiendo he pensado mientras daba zancadas muerto de frío, escuchado la radio con el móvil y colocándome constantemente los auriculares del manos libres, que no hacían más que caerse. Ha sido entonces cuando me he dado cuenta de cuál es el milagro navideño que realmente estoy esperando. Ni que mi sobrina apruebe, ni dejar de ser un comprador compulsivo, ni que todos nos llevemos mejor, ni siquiera mantener la línea. Lo que realmente quiero es que se arregle mi iPod para poder correr con música. En uno de mis (múltiples) descuidos lo he mojado y ahora lo tengo metido en un vaso con arroz con la esperanza de que toda el agua quede absorbida y vuelva a sonar. Pero me parece que ni la Navidad va a conseguir que me tenga que comprar otro. Y es que uno se hace mayor y se acuerda de su antiguo Walkman. No hacía milagros, pero era prácticamente imposible olvidarlo en un bolsillo de un chándal y echarlo a la lavadora.