30 de diciembre de 2007

Esperando un pequeño milagro navideño

Es lo que dicen de estas fechas, ¿no?, tiempo de buenas voluntades y pequeños milagros. No para mi, desde luego. Creo recordar que el año pasado me comparé en estas fechas tan señaladas con el protagonista de Cuentos de Navidad, un viejo gruñón al que visitan fantasmas para que cambie su agrio carácter al menos durante las fiestas. Este año he sido yo el fantasma del futuro, y el papel protagonista se lo ha llevado mi sobrina de catorce años. En vez de llevarla volando al mismo día de su funeral para que se viera sola en su entierro, como dice el cuento, me senté a su lado y despacio, con voz pausada y ritmo intencionado, le expuse las consecuencias de continuar con la dinámica de sacar cinco cates en la primera evaluación. Ella no pudo resistirse a la terrorífica historia y cuando le pedí –con dulzura y amabilidad- que me mirara a los ojos, rompió a llorar. Ahora sólo falta esperar el milagro de remontar el curso. Aunque el verdadero milagro fue que no me pusiera a llorar yo también a moco tendido tras ver el efecto de mis palabras.

Milagrosa no, pero sí deliciosa fue la tarde que pasé ayer con Alevosa, porque a veces los planes son mejores cuando no son planes. Cervezas, tapas y consumismo navideño. Milagrosamente, ella no encontró ningún objeto de deseo digno de su consumo. Aunque me consta que horas más tarde, el milagro navideño se hizo en ella. Yo, como es habitual, sí que encontré algo que comprar. Un jersey que evidentemente no necesito pero que me he regalado, a falta de gusto en mi familia a la hora de hacer regalos. Estoy por envolverlo y dejarlo en una esquina para encontrarlo –como si de un milagro se tratara- la mañana del seis de enero, probablemente cuando vuelva de salir.

Estos días de excesos gastronómicos estoy agradeciendo el castigo semanal del spinning. No es normal mi forma de engullir. El viernes organicé en casa una reunión con la excusa de probar mis albóndigas. Aunque no estaban todos los que somos –de nuevo, un milagro que no se hizo- lo pasamos bien. Tan bien que cuando todo el mundo se fue, después de comer albóndigas, arroz, chorizo, pasteles y un largo etcétera, me comí dos perritos calientes. Hoy, cuando me he levantado, me he ido corriendo a correr. Será un milagro si no vuelvo a echar barriga después de todo lo que estoy comiendo he pensado mientras daba zancadas muerto de frío, escuchado la radio con el móvil y colocándome constantemente los auriculares del manos libres, que no hacían más que caerse. Ha sido entonces cuando me he dado cuenta de cuál es el milagro navideño que realmente estoy esperando. Ni que mi sobrina apruebe, ni dejar de ser un comprador compulsivo, ni que todos nos llevemos mejor, ni siquiera mantener la línea. Lo que realmente quiero es que se arregle mi iPod para poder correr con música. En uno de mis (múltiples) descuidos lo he mojado y ahora lo tengo metido en un vaso con arroz con la esperanza de que toda el agua quede absorbida y vuelva a sonar. Pero me parece que ni la Navidad va a conseguir que me tenga que comprar otro. Y es que uno se hace mayor y se acuerda de su antiguo Walkman. No hacía milagros, pero era prácticamente imposible olvidarlo en un bolsillo de un chándal y echarlo a la lavadora.

18 de diciembre de 2007

Supercalifragilisticoespialidoso



Decía la canción de Mary Poppins haciendo referencia a la forma milagrosa en la que uno puede salir airoso de las situaciones difíciles. Para los más jóvenes, apuntar que Mary Poppins es una famosa película del crionizado Walt Disney que hizo las delicias entre los de mi generación.

La famosísima institutriz llegaba volando con su paraguas con mango de pájaro parlante a una casa donde transformaba la vida de los niños que allí vivían, sacando de su bolso todo tipo de artilugios, hasta un perchero. Un claro antecedente de Doráemon. Una vez que hacía feliz a los niños –reencuentro afectivo con su padre, incluido- el viento cambiaba y Mary Poppins se iba con pena volando de nuevo con su paraguas. No es que yo haya cambiado la vida de nadie, pero mi sustitución en el instituto toca a su fin, y a mi me toca coger el paraguas y largarme; así es la triste vida del profesor sustituto.

Pero me quedo con buen sabor de boca. Ver que los alumnos han aprendido algo, aunque sea poco, no es poca satisfacción. Ni pocas han sido las nuevas emociones que he sentido. Quizás es que aún soy más alumno que profesor, quizás será que no estoy habituado, pero asistir a una sesión de evaluación me ha parecido algo fascinante. Lo que siempre quise hacer como alumno. Ver a través del agujero de la cerradura cómo los profesores ponen las notas y discuten sobre la situación de los alumnos, uno a uno. Cuando se lo he contado a una de mis clases esta mañana, realmente me sentí Mary Poppins. Los alumnos me miraban con los ojos muy abiertos, callados, por fin. Esta mañana hemos tenido tiempo de hablar mucho de vosotros les decía con una media sonrisa. Me he sentido como un prestidigitador al que todos miran embobados esperando el truco final, las ansiadas notas.

Pero Mary Poppins es una película, y las institutrices no tienen paraguas con mango con forma de cabeza de loro. Hay quien no le ha gustado catear, hay quien ha echado una lagrimita. Entonces me he dado cuenta de que el poder de Mary Poppins puede ser perverso, porque has de hacer ver a más de uno que aquí no hay truco que valga, y que ni con los llantos se llega al cinco si no pegas palo al agua.

Un poco de ese hechizo–supercalifragilisticoespialidoso- me hubiera hecho falta este fin de semana para terminar de solucionar mis problemas con alguna que otra persona de la pandilla. Pero está visto que ni siquiera para el profesor valen los trucos. Estoy esperando a que ocurra algo -¿qué?- que devuelva la magia que había antes, pero no llega. Realmente, me encuentro perdido, como un cacharro en el fondo del bolso de Mary Poppins.


8 de diciembre de 2007

Dietas milagro: gastroenteritis


Sólo hay algo peor que estar tiritando debajo del edredón con cuarenta de fiebre: saber que te tienes que levantar en un segundo para correr al baño porque te sobra todo en el tubo digestivo. Así son las gastroenteritis. Pensaba que nunca me tocaría a mí una de esas, pero esta semana he sido yo el elegido para quedarme en casa con fiebre de la que no tenía desde los quince años, cuando después de una gripe pegabas el estirón. Crecer, no he crecido. Pero adelgazar, eso es otra cosa. Después de clases y clases de spinning -o como dicen los aún más entendidos, ciclo indoor- me he dado cuenta de la poca efectividad que tiene todo el ejercicio del mundo, y no hablar de las dietas milagros, en comparación con una buena gastroenteritis.

Dos días sin comer. Literalmente. Bueno, tres yogures blancos sin azúcar, que es lo mismo que nada. Y lo mejor de todo, ¡no se pasa hambre! Ni una tentación de acercarse a la nevera a picar un dulce, tomar un trocito de aquello, a coger una cucharadita de lo otro. Nada, no me des nada de comer que lo vomito (literalmente) del asco que me da.

Y purificar el cuerpo. Poda absoluta de la flora intestinal. Allí no quedó nada por donde arrasó el tsunami gástrico. Terreno abonado y preparado para que vuelva a crecer nueva y frondosa, después de haber eliminado por la cloaca todas las toxinas y desechos.

Uno se pregunta mientras se mira en el espejo, con la cara blanca, los ojos hundidos y rodeados de grandes ojeras, el pelo enmarañado, el pijama puesto de cualquier manera: ¿para qué tanto gimnasio si en un par de días me estoy quedando estupendo y ya ni se me nota la barriga?

Mis alumnos son los que realmente habrán disfrutado de mi enfermedad. Tres días sin clase conmigo y después un puente no es un regalo navideño nada desdeñable. Lo que no saben es que la semana que viene sí que habrá examen y que la evaluación es ya. Pero seré benevolente. No tienen ellos la culpa de que yo haya pillado ese famoso virus de la gastroenteritis del que todo el mundo habla pero que nadie ha visto aún.

Estar todo el día en casa me ha dado la oportunidad de consumir absolutamente todo lo que ponían en televisión y comprobar en lo que han degenerado los programas de la mañana. No es que yo fuera fan de Mª Teresa Campos, pero presenciar por la mañana un debate en el programa de Ana Rosa (dígase: arrrrrrrr, parece casi de chiste), es harina de otro costal. Ver a esa Belén Esteban sentada frente al Conde Lecquio, como comentaristas privilegiados de Gran Hermano, con esas dos catetas de Los Palacios (con todos mis respetos a Los Palacios, que es un precioso pueblo de la provincia de Sevilla) es un espectáculo que hace subir la fiebre.

Así que también me he dedicado a tener una semana el ordenador encendido y explorar la Wikipedia. Reconozco que me estoy volviendo un poco freak de la enciclopedia y que más de una cosa me ha aclarado. Como por ejemplo el debate en el trabajo sobre cómo se prepara la carne marinada. Se ha elegido el menú para la comida de Navidad y han elegido una carne marinada, que la gente ha escogido pensando que es con hierbas o algo así. En la Wikipedia me he puesto al día de lo que significa marinar. En qué hierbas estarían pensando ellos, digo yo.