10 de enero de 2008

Un pequeño empujón


Ni que decir tiene que he comenzado el año (des)cansado. Después de tan poca actividad por aquí más de uno/a ya ha exigido la dosis de disparates escritos en este blog. Pero ha sido esa sensación tan extraña la que ha hecho que hasta que no he tenido que volver a trabajar no haya podido terminar nada de lo que me había propuesto hacer en vacaciones. Sólo he renovado el DNI, eso sí, después de tres intentos. Quizás después de tanto esfuerzo y tanta nochevieja no me han quedado fuerzas más que para comer, dormir, volver a comer y pensar en todas las cosas que estaba dejando de hacer, a saber: estudiar, recoger el certificado digital, llevar la chaqueta de cuero recién estrenada a que le arreglen la cremallera (eso me pasa por comprar en Berskha), cortarme el pelo. Aunque no hacía nada, no podía hacer nada. El es lo que tiene este estado de (des)canso, que como pescadilla que se muerde la cola, me ha tenido en el sofá una semana.

Sabía, sin embargo, que lo que me hacía falta era un pequeño empujón. Bromas a parte, empezar a trabajar me ha metido en una rutina que parece que todo sea más fácil. Ya me he levantado temprano a estudiar un par de días y me he cortado el pelo, algo que me ha traído la inspiración a la cabeza en vez de llevarse las ideas.

Cortarse el pelo puede ser todo un experimento sociológico, especialmente si se vive en Sevilla. He probado una nueva peluquería del barrio, recomendado por la Orientadora. Un sitio que según ella era muy gay, con un encargado que corta muy bien el pelo. Su marido es cliente habitual y yo doy fe de que el Canijo va siempre estupendísimo y moderno. Una peluquería gay y moderna en el barrio de Los Remedios de Sevilla es algo que no debería dejar indiferente a nadie. Es como clavar una pica en Flandes, un soplo de modernidad en el mismísimo centro del barrio más rancio de la ciudad. Allí me planté con la intención de cortarme el pelo. Déjamelo exactamente igual de largo que lo tengo, pero descargándome de los lados y de detrás. El flequillo no lo toques le dije con toda la claridad que pude a la peluquera. El local tenía las paredes empapeladas con un diseño de círculos rosa chicle-rosa palo, combinando con otras paredes en blanco. Entre todas las pareces se distribuían, un poco de forma caótica, una mezcla de muebles a caballo entre el IKEA y los de la abuela. El conjunto era –en su conjunto- indescriptible. Una mezcla entre modernidad y barrio pero ser kitch, que a la postre hubiera resultado entrañable. Cuando la decoración dejó de embelesarme me puse a observar a quien me rodeaba. El encargado, dos chicas y una clienta. El peluquero -un gay de los que no tienen que decir que trabajan en una peluquería porque es evidente que lo hace- dirigía a las dos peluqueras, demostrando que no por ser mariquita vas a dejar de ser un hombre con mujeres a tu servicio. La que me atendía a mí, por su parte, corroboraba el tópico de los gordos son gente feliz y simpática. Sus ciento y pico de kilos no paraban de reír y de decirme, mientras mis mechones caían al suelo:Esto ya tiene otra pinta, ¿eh?. A mi lado, una señora desmelenaba, que se había desvelado a las cuatro de la mañana y se había puesto a cocinar, esperaba su turno. Entre la barriga de la peluquera y la de la señora –que casi me daban empujones- sólo me quedó mirar hacia delante. Esta luz es criminal, fue lo único que pude decir, viendo mi mala cara invernal iluminada por el blanco fluorescente, que por otra parte combinaba a la perfección con el rojo de mis ojos, casi del mismo tono que la pared.