22 de febrero de 2008

Tortillas y empatía

El cielo está negro y sopla el viento. En Cádiz mucho más, claro. Es lo que tiene el viento de levante, que no suele soplar a medias, sino con auténticas bocanadas. Esperar al tren para volver a Sevilla se convierte algunos días en un suplicio, una mezcla de frío, hambre y sueño que me deja en un estado de aletargamiento una vez que he encontrado un asiento junto a la ventana en el tren, el revisor ha comprobado mi abono mensual y he recostado mi cabeza sobre la chaqueta, normalmente a la altura de Jerez.

El estado de semiinconsciencia juega trucos a la mente, mezclando ideas que nunca habían estado relacionadas antes. Mientras vuelvo a casa y me intento quedar dormido en el tren pienso en la empatía, eso de ponerse en el lugar de los demás, y la ciencia que tiene el hacer una tortilla de patatas.

Y es que últimamente ando de nuevo algo bajo de ánimos con mis amigos. Nada duradero, sólo los necesarios ajustes en nuestras relaciones ahora que realmente nuestras vidas han cambiado. Yo trato constantemente ponerme en el lugar de los demás. Sinceramente, es un ejercicio que no he hecho muchas veces en mi vida. Es lo que tiene ser (casi) hijo único, que se es el único referente con el que compararse.

De alguna manera, aunque pensaba que las cosas irían lentamente hacia su sitio, ocurre todo lo contrario. Me siento más perdido aún. Tan perdido, que aún no he sabido ponerle un nombre a lo que siento. Tan perdido, como el otro día, cuando me dio por hacer una tortilla de patatas. Venían Manolo y María a cenar a casa –hacía tiempo que yo no los veía y que ellos no me leían- y se me ocurrió la poco glamourosa idea de hacer una tortilla.

Y así me encontraba, como me encuentro ahora. Sin saber si les gustaría con cebolla o sin ella, hasta qué punto freír las patatas para que tuvieran el punto exacto y, sobre todo, con un mar de dudas sobre la técnica a seguir para que quede gruesa y alta. Para colmo, mi hermana no estaba en casa, aunque me llamó en el momento justo, justo cuando le había dado con éxito la vuelta. Tienes que empujar la tortilla por los bordes con la espumadera, así te quedará alta. Y así fue, quedó una tortilla alta y jugosa.

Mientras dábamos cuenta de la cena, les comentaba a mis amigos la situación. Me estoy cansando de ponerme en el lugar de los demás, les decía, expresando de alguna forma el sentimiento para el que no tengo nombre aún. La tortilla y toda la cena está riquísima, me decían ellos.

No me preocupa mucho como termine todo esto, porque sé que lo hará bien. Como en el caso de la tortilla, lo fundamental es que haya buenos ingredientes y que sepa improvisar bien. Y estoy convencido de la materia prima y de mi técnica de improvisación.


Y hablando de tortillas, me voy una semana de excursión con mi compañera del otro departamento, la tortillera.


7 de febrero de 2008

Déja vù



Un mes o más de un mes sin escribir. Y recibiendo críticas por ello. No he podido/querido. He estado en un déja vù, una inapropiada sensación de familiaridad, un desorden de la memoria caracterizado por la ilusión de recordar cosas y situaciones que se viven por primera vez.

El sol salía exactamente con el mismo tono mortecino con el que lo recordaba. La neblina parecía intentar impedir que los rayos que empezaban a salir llegaran al suelo, iluminaran el campo y deshelara la escarcha que se había formado durante la noche. Estaba oscuro y hacía frío. Y yo avanzaba rápido. La sensación me resultaba extrañamente familiar, me sentía exactamente igual que el día que comencé a trabajar como profesor sustituto. Pero estaba claro que algunas cosas habían cambiado. La primera vez, aunque entonces no lo sabía, sólo duraría cinco días. Esta vez tenía la certeza de que el embarazo de la profesora titular me daría trabajo hasta final de curso. Hace dos años fui en coche, y ahora me arrebujaba contra el asiento del tren, camino de la provincia de Cádiz. Había otras muchas cosas que también eran diferentes, pero la sensación del primer día era esencialmente la misma. Desde hace unas semanas paso mis mañanas en Cádiz, algo que realmente no esperaba. Pero bienvenido sea, trabajo hasta final de curso, muy pocas horas de clase, alumnos no tan buenos pero tampoco tan malos y compañeros de trabajo de lo más interesantes.

El departamento lo formamos una cuarentona deprimida y yo. Menos mal que el aula que hace las veces de despacho la compartimos con otro departamento, con tres chicas. El resto del claustro lo integran las clásicas viejas glorias con plaza y los jóvenes interinos. Con los jóvenes –interinos o con plaza- es con los que he hecho mejores migas. Y con los que me he sentido sorprendido.

Curiosamente, me sentí atraído desde el principio por la jefa del departamento vecino, una chica madrileña de más o menos mi edad, piel y pelo moreno ondulado, buen tipo y muy, digamos, joven y moderna. Uno de los primeros días coincidimos en el tren para volver a Sevilla. Voy a ver a una amiga, me dijo para explicar por qué no se quedaba en su casa como todo hijo de vecino después de trabajar. Días después ya éramos casi amigos, tomábamos café y nos intercambiábamos los móviles. A ver si te apuntas a alguna excursión que hagamos con los alumnos. Su departamento había planeado alguna salida del instituto con varias clases para hacer rutas de senderismo con los alumnos. Yo, viendo la posibilidad de no dar clases y pasar un día, yo también, de excursión, me ofrecí encantado.

Hace unos días la situación se volvió a repetir, la chica y yo en el tren camino de Sevilla. Al llegar a mi estación, e invadido por el buen rollo, me decidí a dar un paso más en nuestra relación. Antes de bajarme, mientras hablaba de no sé qué tema, le dije lo que tengo que hacer es buscarme un novio y adoptar a una china. Mientras me levantaba ella me sorprendió con sus palabras: Pues imagínate cómo estoy yo, viviendo en Cádiz y con mi novia en Fuengirola. Torcí la cara en una sorprendida sonrisa y bajé apresuradamente del tren. Al final iba a compartir con ella más que la jefatura de nuestros departamentos.

A uno de los profesores de educación física ya le había echado el ojo por los pasillos. No sé si será algún tipo de fijación, pero siento debilidad por ese departamento. En el instituto hay dos profesores, uno de unos cuarenta años, también madrileño, muy simpático y atlético. Y un surfero moreno de pelos rizados.

Los alumnos de primero de bachillerato me recuerdan a los primeros que tuve. Inquietos y charlatanes, muy charlatanes. Pero no es lo mismo, estos dicen pisha y escuchan en el mp3 chirigotas. Hay que ser de Cádiz para entender eso. Si no, lo único que puedes hacer es quedarte mirando fascinado, cuando hablan y pronuncian las eses como suaves zetas y elevan el tono levemente hacia los agudos al terminar cada frase. Los mayores, los de segundo, son una pandilla variopinta. Una chica que roza el autismo, otra muy bien desarrollada, el típico chico de los granos, el anarquista de salón con su cresta y todo. Y el chico del pearcing que, precisamente, lleva la misma chaqueta con capucha que yo me había comprado en el Pull&Bear. Repetidor, bajito, guapo, estiloso. Toda una fuente de problemas morales para mí.

La siempre difícil clase de economía se vio interrumpida se vio interrumpida por unos golpes en la puerta. ¿Puedes salir un momento? me dijo precisamente el surfero reconvertido en profesor de educación física. Nos vamos el viernes de excursión con los dos bachilleratos y hemos visto que eres el que más huecos tienes, ¿te apetece venir? Realmente no me creía lo que me estaba pasando.

Hoy he estado de excursión, mi primera excursión. Un sendero por la sierra a lo largo de doce kilómetros que me hizo sentir –como si de un déja vù se tratara- cuando hicimos algo parecido todos los de la pandilla en la isla de La Palma. Pero esta vez había también cosas diferentes. Ni el camino era tan complicado, ni acampamos, aunque los niños sí que se encargaron de llevar estupefacientes y fumárselos a escondidas entre los pinsapos. En el autobús me senté delante, donde se sienta el profesor, con el surfero. Le hablé de mis amigos profesores de educación física y, por supuesto, a alguno conocía. Fue entonces cuando me llevé la desagradable sorpresa de darme cuenta de por qué me había fijado en él.