El cielo está negro y sopla el viento. En Cádiz mucho más, claro. Es lo que tiene el viento de levante, que no suele soplar a medias, sino con auténticas bocanadas. Esperar al tren para volver a Sevilla se convierte algunos días en un suplicio, una mezcla de frío, hambre y sueño que me deja en un estado de aletargamiento una vez que he encontrado un asiento junto a la ventana en el tren, el revisor ha comprobado mi abono mensual y he recostado mi cabeza sobre la chaqueta, normalmente a la altura de Jerez.
El estado de semiinconsciencia juega trucos a la mente, mezclando ideas que nunca habían estado relacionadas antes. Mientras vuelvo a casa y me intento quedar dormido en el tren pienso en la empatía, eso de ponerse en el lugar de los demás, y la ciencia que tiene el hacer una tortilla de patatas.
Y es que últimamente ando de nuevo algo bajo de ánimos con mis amigos. Nada duradero, sólo los necesarios ajustes en nuestras relaciones ahora que realmente nuestras vidas han cambiado. Yo trato constantemente ponerme en el lugar de los demás. Sinceramente, es un ejercicio que no he hecho muchas veces en mi vida. Es lo que tiene ser (casi) hijo único, que se es el único referente con el que compararse.
De alguna manera, aunque pensaba que las cosas irían lentamente hacia su sitio, ocurre todo lo contrario. Me siento más perdido aún. Tan perdido, que aún no he sabido ponerle un nombre a lo que siento. Tan perdido, como el otro día, cuando me dio por hacer una tortilla de patatas. Venían Manolo y María a cenar a casa –hacía tiempo que yo no los veía y que ellos no me leían- y se me ocurrió la poco glamourosa idea de hacer una tortilla.
Y así me encontraba, como me encuentro ahora. Sin saber si les gustaría con cebolla o sin ella, hasta qué punto freír las patatas para que tuvieran el punto exacto y, sobre todo, con un mar de dudas sobre la técnica a seguir para que quede gruesa y alta. Para colmo, mi hermana no estaba en casa, aunque me llamó en el momento justo, justo cuando le había dado con éxito la vuelta. Tienes que empujar la tortilla por los bordes con la espumadera, así te quedará alta. Y así fue, quedó una tortilla alta y jugosa.
Mientras dábamos cuenta de la cena, les comentaba a mis amigos la situación. Me estoy cansando de ponerme en el lugar de los demás, les decía, expresando de alguna forma el sentimiento para el que no tengo nombre aún. La tortilla y toda la cena está riquísima, me decían ellos.
No me preocupa mucho como termine todo esto, porque sé que lo hará bien. Como en el caso de la tortilla, lo fundamental es que haya buenos ingredientes y que sepa improvisar bien. Y estoy convencido de la materia prima y de mi técnica de improvisación.
Y hablando de tortillas, me voy una semana de excursión con mi compañera del otro departamento, la tortillera.