11 de noviembre de 2008

29 de septiembre de 2008

Volver a las andadas

Desde hace algunos años –seguramente desde que me hice profesor- empecé a contar los años igual que lo hace la Orientadora: por cursos. Así, cuando hablo del año pasado, en realidad me refiero al periodo que está comprendido entre el verano del año pasado y el de este año. El final del verano, al final, es lo que marca el principio de las cosas cada año. Y cada año es distinto, aunque en el fondo todo sea un poco lo mismo.

Igual que el año pasado, estoy dando clases, aunque este año estoy desde el principio. Eso tiene innegables ventajas respecto al alumnado, que me ven como su profesor, y no como el sustituto de su profesor. Teóricamente todo debería ser más fácil, me refiero a lo de hacer que se callen y que no me saquen de mis casillas. Pero he vuelto a las andadas. Mañana toca examen-castigo por dar por saco en clase. Aunque este año todo me lo tomo con más filosofía, pese a que la asignatura que me ha “tocado” dar es informática, a un alegre grupo de predelincuentes de quince años.

Volver a las andadas no tiene por qué ser malo, siempre que lo hagas para mejorar lo que ya hiciste. No sulfurarse con el alumnado si uno tiene que hacer una guardia en 2ºESO y le tiene que pedir a los alumnos hasta que se pongan la camiseta. Que no cunda el pánico aunque desde fuera del instituto tiren una piedra y entre en la clase, cayendo encima de un ordenador. Aprovechar las tablas que uno va cogiendo y “llenar” las clases de contenidos.

Regresar al otoño, no en Sevilla, sino en otro lugar, tambien resulta algo extraño. Tomar café en otra taza entre semana y saber que los fines de semana, aunque vuelvas a la ciudad, no estarás por la noche, ya definitivamente, con la gente con la que solías andar.

Este año, además de todo eso, vuelvo realmente a las andadas porque voy a trabajar andando. Y volveré a andar por esa playa que tanto me gusta. Eso sí, con más cuidado y sin alumnos de por medio.

Foto: Carmen Posadas


7 de septiembre de 2008

Agridulce


Terminó el verano y lo hizo con sabor agridulce, como lo suele hacer siempre, por otra parte. Aunque este año lo ha sido mucho más, he de reconocer. Ayer llovía levemente y me tuve que poner la chaqueta en la moto. Alguien me dijo que tenía mala cara, síntoma de que mi moreno ya no esconde las huellas del último exceso nocturno. Y la ropa no se ha secado en horas. Me acabo de tomar un café y el sabor en la boca es agridulce, a caballo entre el azúcar y la cafeína.

No es precisamente nostalgia lo que siento en estos momentos. No sería muy correcto añorar más vacaciones después de que el uno de julio
se me cayera el boli de corregir encima de la mesa. Llevo más de dos meses ocioso y la verdad es que no va a ser muy difícil empezar con las pilas totalmente recargadas. Mañana sabré con seguridad dónde daré clases. Tengo una extraña sensación en el cuerpo que no había sentido antes –o al menos no recuerdo haberla sentido-, una sensación agridulce.


El principio de todo comenzó con el final de las vacaciones. Es extraño, pero a veces el final de una historia es la que le da el sentido a todo el relato. Un fin de semana en la playa con unos amigos ha hecho que el verano de 2008 sea recordado como el verano en el que me di cuenta de lo contradictorio que puedo ser. Desde que trabajo de profesor me he permitido ciertos lujos, como alquilar una casa en verano con unos amigos o pegarme una escapadita a Berlín, con compras incluidas. Estar dos días en una playa desierta tirado con cinco personas más y tres tiendas de campaña no parecía que fuera a resultar tan gratificante.

Y es que reconozco que por una parte me estoy convirtiendo en un sibarita. Para todo, incluyendo los hombres. Tengo la mala costumbre de fijarme única y exclusivamente en su apariencia. Me gustan los que están buenos. Igual que la ropa. Sé que es mala costumbre cultivar la superficialidad, especialmente a cierta edad. Así me va, cada vez más estupendo pero con menos ganas de conocer a alguien. Haciéndome la idea de lo que será hacerme (más) mayor sin alguien a mi lado. Y comenzando a asumir –sin mucha pena, por cierto- que lo mío es estar soltero.

Entonces ocurre algo, algo tan sencillo como irte un fin de semana a la playa. Dos días en los que apenas gastas dinero. En los que no te arreglas. No te compras ropa. No vas a discotecas. Pero tienes sensaciones que aún recuerdas, como conocer a un zorro. En la playa conocí a alguien que me recordó a un zorro. Me miraba con ojos brillantes por la noche pero no me dio miedo. Comió de mi mano y casi me la muerde, aunque sólo jugando. Aún hoy pienso en ese zorro, porque me gustaría parecerme a él. Tan auténtico y libre de cargas que no necesitaba nada más que la playa y algo de carne cuando tenía hambre. Una dulzura de animal. Y enfrente yo, amargo como un limón y casi avergonzado de la mirada limpia del zorro sobre mí. Me pareció que no me la merecía.


No fue el zorro el único animal en la playa. Todos nos convertimos un poco en animales. Impulsivos. El zorro nos convirtió. Y por dos días estuvimos ajenos a todo lo que no fuera la playa y nosotros mismos. Sin noción del tiempo y en un espacio acotado por el horizonte delante y la arena detrás. Cuando volvimos el zorro me miraba aún con su mirada pícara, como asintiendo satisfecho de mi transformación. No creo que ni siquiera él hubiera esperado un cambio tan grande en nosotros.
Aún estoy en eso, en ser impulsivo, no racional, más libre. La boca me sabe agridulce porque me acuerdo del fin de semana, muy duce. También agria, porque mi cabeza me avisa de los peligros del camino en el que estoy entrando. Pero ahora no quiero pensar en eso.