29 de agosto de 2007

Surferos: teorías explicativas



Como diría mi padre, se acabó lo que se daba. Primer día de trabajo después de las vacaciones y momento para recapacitar sobre el tema más debatido este verano: ¿por qué los surferos están tan buenos?

No puedo negar mi regocijo cada vez que llego a una playa y veo a una nutrida pandilla de cucarachas negras esperando su gran momento detrás del rompeolas. Cuando salen del agua, el hecho vuelve a repetirse: debajo de los negros neoprenos se esconden cuerpos de los que quitan el hipo normalmente acompañados de caras que dejan a servidor sin respiración. Después del estupor inicial, siempre la misma pregunta, ¿por qué los surferos están tan buenos?

La cuestión sigue en el aire aunque hay quien ya ha dado su opinión, como la Orientadora. Hay que aclarar que la Orientadora siempre suele tener una teoría para cada realidad. Pues bien, ella opina que en los chicos que practican el surf y similares (véase: kite surf, wind surf, bodyboarding…) opera el llamado efecto playa. Es decir, que si a un chaval corrientito le pones un buen moreno, un bañador y camiseta surferos, gorra y gafas de sol que le tapen media cara y algún que otro tatuaje, la imaginación hace el resto del trabajo y presenta ante ti a un fornido Neptuno sobre las olas. La Orientadora afirma que el efecto playa se descubre por las noches, cuando se despojan de los complementos y puedes verles las caras. Y que además del efecto playa, también es posible encontrar un efecto nieve, que tiene similares consecuencias pero que funciona en invierno y con los deportes blancos.

También hay en la pandilla –entre los que me encuentro yo- los que apoyan una teoría constructivista del fenómeno surfero. Esta teoría, partiendo del efecto playa, sostiene que la práctica continuada del deporte modela, cosntruye el cuerpo, por lo que una cara fea queda disimulada, además de por los complementos, por un cuerpo musculoso que desvía la atención de la vista hacia zonas más interesantes de la anatomía masculina.

Aunque el debate ha aclarado algunas dudas sobre la cuestión, no deja de ser una realidad el hecho de que a pesar de los complementos y de sus cuerpos, los surferos están muy buenos. Habrá que seguir investigando el asunto. Además de pasarlo bien, este verano se ha demostrado que se puede hacer sociología desde la toalla.

11 de agosto de 2007

Extraño binomio


Sigo de vacaciones, pero no estoy en Almería. Se supone que ayer debería de haber salido hacia allí, llevado, alojado y entrado en Creamfields como una reina. Me refiero a que este año Álvaro y Pepa se volvieron a ofrecer para llevarme en su coche, alojarme en su habitación del hotel. Y que a través de Ernesto conseguiría un pase de prensa, con lo que me ahorraría la entrada. Pero la masacre de neuronas anunciada se adelantó del sábado al miércoles, con lo que el jueves lo último que me apetecía era repetir el desastre con viaje interprovincial incluido. Y al final no conseguí el pase de prensa. Mientras mis amigos calientan motores ahora mismo en la playa de Villaricos y yo masco la tragedia de la bronca que se me viene encima (por pegarme fiestas por anticipado y a deshora), me viene a la cabeza lo extrañas que somos las personas a la hora de buscar otras personas con las que relacionarnos.

Siempre he tenido una rara atracción por quienes hablan poco. Quizás sea porque intuyo que no dicen necedades y que cuando hablan de algo es porque es realmente relevante. No tiene por qué ser así necesariamente, ya que en más de una ocasión me he dado cuenta de que aquel chico con aspecto ausente, de sabio distraído –como a mí me gusta llamarlos- es más distraído que sabio. En nuestro grupo de amigos tenemos a una persona de las que hablan poco, el Mesías. El apodo no se lo puse yo, aunque me parece que le hace justicia. Aunque sería necesario puntualizar que él no es callado siempre, sino siempre que quiere. El Mesías elige cuidadosamente a sus interlocutores –normalmente los chicos del grupo- y habla de ellos en pequeñas reuniones, no sumando nunca más de tres o cuatro personas en su reunión. Normalmente se dedica a hablar de temas más trascendentales que superficiales, con lo que al final la charla se convierte en una especie de catequesis en la que los pupilos asienten con la cabeza o realizan sólo cortas intervenciones. De ahí viene precisamente su sobrenombre. El halo de misticismo que le envuelve ha levantado en alguna ocasión algún resquemor entre los no elegidos –o más bien, las no elegidas- para recibir adoctrinamiento. Cuando no habla, no tiene problema en callar, en mostrarse inexpresivo y hasta insensible con los demás. Y mal educado, todo hay que decirlo. En definitiva, la típica persona que sería objeto de mis críticas más feroces y sarcásticas. Pese a todo, el Mesías me cae bien. No puedo expresar por qué. Porque nada de lo que he descrito son cualidades a apreciar en las personas. Además, cuando nos juntamos, normalmente lo que hacemos es discutir. Mantenemos ese tipo de discusiones absurdas que llegan a un punto en el que yo ya he perdido los papeles y casi me sale espuma por la boca y que repentinamente terminan con un ¿te haces un porro o qué?. Y mientras discutimos, los demás no hacen más que mirarse, sonreír, y decir parecéis un matrimonio.

Me parece que yo también le caigo bien al Mesías. Ayer estuvo en mi casa charlando de todo esto y a lo tonto nos dieron las tantas. Desde luego, no fue charla superficial o temas irrelevantes los que tratamos. Me gusta ver en sus ojos esa chispa de complicidad en la diferencia. Justo cuando me acaba de decir que me estrangularía por las cosas que le estaba diciendo. Y mientras, yo me recuesto en el sillón, entorno mis ojos vidriosos y le pregunto si va a terminar ya de decir sandeces y si se va a hacer de una vez ese otro porro.

3 de agosto de 2007

Forte ventura


Mi padre estaba en Gran Canaria mientras yo pasaba una semana con los amigos en Fuerteventura. A pesar de que me dijo que fuera a verlo, yo no fui. Preferí estar con ellos a perder un par de días de vacaciones con él. La etimología del nombre de la isla no está clara. Unos dicen que proviene del fuerte viento que sopla, tesis apoyada por la Orientadora. Otros, como el Mesías, piensan que el origen del nombre está en la desolación que encontraban aquellos que llegaban allí (forte ventura significa fuerte destino). Pero la historia no tiene un final triste. Mis padres volverán a Sevilla en menos de dos semanas y lo que puede parecer un gran acto de egoísmo es sólo un pequeño acto de economía vacacional. Y Fuerteventura no es sólo un secarral con un incipiente turismo-basura de bajo coste, sino una isla con playas paradisíacas y gente amable.

Si te vas de vacaciones en un grupo de trece amigos, las suspicacias tienen altas probabilidades de aparecer rápidamente. No por el número en cuestión, sino por las personas que integran el grupo, desde la primera hasta la que hace el trece. Además de físico, un viaje es siempre interior. Es algo que ya he dicho en alguna ocasión y de lo que ahora estoy más convencido. Es como si mi padre me recordara desde la isla de al lado que para conocer a las personas es necesario viajar con ellas. Nuestro viaje fue, en primer lugar, un viaje en el interior del grupo. Convivimos una semana juntos y eso equivale a decenas de fines de semana de cervezas. Se descubren nuevas afinidades y se siente pena al confirmar la lejanía de otras personas. Una lejanía que no deseabas ver, pero que en vez de lejos estaba muy cerca tuya, delante de tus narices. El grupo viaja también hacia nuevas aficiones, como convertirse por arte de magia en un grupo de surferos novatos en la playa de Cofete o de El Cotillo, con kilómetros de arena delante tuya y rodeado sólo por el propio grupo. Y agua turquesa, que te revuelca por la arena dorada y por las piedras, y te hace comprender de una sola vez por qué el surf es considerado uno de los deportes cuya técnica es más difícil dominar. El grupo también cambia, se moldea y se remodela cuando en vez de trece somos dieciséis, aunque tres de ellos no sabemos si son chicos o chicas y aún están metidos en las barrigas de sus mamás. De repente el grupo, siendo el mismo en esencia, ya no es fiestero sino siestero. Y a pesar de todo, seguimos siendo el mismo todo.

Pero el viaje va más al fondo, al interior de uno. Ocurre cuando te das cuenta de que tu forma de ser puede mejorar viéndote en los demás. Y que, por ejemplo, quejarte en vez de dejar las cosas estar puede suponer pasar de un apartahotel en la parte más inmunda de la isla a un hotel de cuatro estrellas con media pensión en compensación por un velado overbooking en donde habíamos contratado el alojamiento inicialmente. O que si te dedicas a hablar de alguien del grupo te expones a sacar a esa persona de sus casillas y que termine diciendo cosas desagradables. Pero incluso puede sacarse algo bueno de tan mala experiencia. El ser capaz de decirle a alguien a la cara que no consiento que me llamen maricón.

A pesar de todo, auguro un buen futuro al grupo y sus viajes. Después de la visita a Cádiz y la prometida carnicería neuronal en el Creamfields-sin ellos-, nos volvemos a reunir para pasar otra semana en Carrapateira. Y aunque hemos vuelto hoy, ya hemos quedado esta noche para cenar. Ha sobrado dinero del viaje.